20.12.10



Viste a la furibunda sangre darse,
en su belleza negra, y remontar
-sobre el calor idiota del asfalto-
las venas extendidas, las figuras.
Un Cristo con las uñas sobre el cuerpo,
y en los labios tremendos, las canciones
suspiradas por chicas que han venido
a mirar a la encarnación espléndida
que en la cruz y la esquina se movía
entre caminos y ambulancias blancas
-el cervatillo solitario en lance
a su inmortal desplante, sin peligro.

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