21.11.17
22.9.17
Time to gather . Recital de Marino Formenti, 15 de marzo de 2017 en el escenario del Teatro Colón)
16.9.17
Un texto afín (sobre el Concierto I: Canciones y música para piano del ciclo Precursores (Etkin, Gandini, Kröpfl, Viera), CCK, septiembre de 2017)
Laura Novoa (responsable de todo el ciclo), musicóloga y escritora, asume como curadora un rol muy “arqueológico” que uno no puede dejar de reconocer. El piano (ese instrumento tanto de continuidad como de “quiebre”) es una suerte de archivo cultural. Allí está el temperamento que permitió a Robert Schumann componer sus obras cargadas de roces, dedos quebrados y materialismo, y en el piano está también (como elemento de la cultura) la decantación –según comentó Haydeé Schwartz- de los Eusebios de Gandini: Eusebius I (sobre las danzas Davidsbündlertänze Op. 6, las Danzas de la cofradía de David) y Eusebius II (decantación de los cuatro movimiento de Eusebius I). La vinculación de Gandini con Schumann es por demás conocida , desde sus obras para la escena como Liederkreis hasta este tipo de inflexiones, como Ciclos o los Diarios: declaraciones estéticas y éticas del músico en la sociedad, marcas biográficas inscriptas sobre el piano que demuestran una comprensión cabal de la transfiguración del material musical, creando una posible narrativa biográfica hecha de gestos y modos de andar entre músicas. Las notas que se imprimen sobre los armónicos del piano en Eusebius II son tan expresivas que uno no puede dejar de sorprenderse por la belleza de esta obra de Gandini. En este sentido es que la curaduría de Novoa me resulta arqueológica: señala las posibilidades, aun las balbuceadas, aun las que no se pueden decir, del archivo musical al realizar un concierto que también es un diagrama. En la idea de precursor puede jugar una noción proveniente de la química: el precursor es necesario para producir otra sustancia; las obras de estos cuatro compositores son el elemento indispensable para crear lo por-venir, de alguna manera dado y nuevo.
Entre las otras piezas para voz y piano (canción de cámara), las obras de Viera y Gandini estaban escritas sobre poemas de la pianista y poeta Silvia Dabul –creo que fueron compuestas para un disco de la misma Dabul editado por el año 2010-: no deja de llamarme la atención que Dabul fuera la única poeta (a excepción de Kröpfl). El mérito de sus poemas y el entramado con la música (me gustaron especialmente las canciones de Gandini) están fuera de toda discusión, lo que me llama la atención, y que considero un emergente es la ausencia de otros poetas más o menos de la misma generación que Silvia en este diálogo con la música contemporánea (hay, por supuesto, pero el comercio no parece muy fluido). En fin: cierta sordera, supongo.
Como señalaba Schönberg, soy de aquellos que no pueden entender cabalmente (ni mucho menos) en términos puramente musicales lo que estas obras expresan: intento balbucear de manera insegura ciertas ideas alrededor de aquella relación entre palabra y música, esperando encontrar un hilo de la escritura.
23.8.17
Apuntes de invierno III: Intermezzo (Tres finales, de Rafael Spregelburd)
La primera secuencia es el fin del arte. Esta secuencia posee un registro, diría, "naturalista" con algunos excesos propios del naturalismo (la exigencia de que cada elemento de la escena tenga una finalidad dramática, un punto de vista axial) y otros de la parodia que recorre toda esta producción. El natualismo está llamado por la impotencia de un límite: para escribir una herida, la utopía naturalista es volverse ella misma herida, confundirse con lo que lo excede (Émile Zola, que agradaba a Trotzky y los surrealistas, cuyos programas querían exceder el límite de las instituciones), salirse de sí, delirar.
Un profesor universitario y su adjunta discuten en un bar en Francia sobre el estatuto que le correspondería a la famosa restauración del Ecce homo de Borja realizada por Cecila Giménez, una voluntariosa voluntaria que dejó a la figura "original" deformada bajo una imprecisa forma con cierta expresión boba y aterrada, producto de su incapacidad de cuidar el naturalismo propio de una buena restauración. La potencia de las imágenes (su música) en nuestra sociedad hizo el resto: todos los íconos, desde Marilyn a los Cristos bizantinos podían entrar en la serie del zafarrancho de Borja. Todo termina en un tono ancrúsico, sin un acento determinado en esta primera secuencia, tal como pasan las noticias, lo indignante de cada día. Queda la pregunta: ¿qué figura es esta figura deforme?
Los traductores están sentados de frente al público, uno al lado del otro, miran hacia ninguna parte, el lado de afuera de la representación. En cada extremo, hay una interferencia, que a veces hace contrapunto con lo traducido y otras veces se superpone ásperamente: un hombre hablando por teléfono celular (sin relación directa con la conferencia) con su madre, y en el otro, una traductora que comienza a traducir como todos para empezar a canturrear y, finalmente, como un niño que canta y crea su territorio, terminar cantando (haciendo música) una melodía muy hermosa, realmente, acompañada por una violinista -en esta secuencia, la música comienza a dominar la escena-, hasta que sólo queda la pura sonatina de lo que se recorta sobre el lenguaje. Es esa linguística que imaginaba Rousseau, de afectos musicales lo que termina deteniendo la traducción simultánea de un juego táctil de un solo plano, que vendría a reemplazar las texturas del mundo y su exaperante homologación.
La cantante (Isol) se ahoga en un bidón de agua. En verdad, se aclara con vergüenza la garganta, antes de ahogarse en la afasia, cuando su cantar se impone y todos se dan vuelta para mirarla: ¿una canción imposible? El fin de la realidad es el fin de la voz, las terminales nerviosas y sus ecos en el aire, la confusión de las lenguas.
El efecto fue que las divertidas cabriolas de un grupo de actores fenomenales se volvieran mero collage, pastiche. En El arpa y la sombra de Carpentier está la escena que a mí me quedó registrada como del Stabat Mater, siendo que, en verdad, se relata cuando el joven Mastai Ferreti (el futuro papa Pio IX) y su prima cometen el "leve pecado" de interpretar en un teclado un artia de la Serva padrona, célebre intermezzo de Pergolesi; quiso la suerte que la primera obra de Pergolesi que encontré, cuando quise buscar quién era el músico mencionado en la novela, fuera el Stabat Mater, himno sacro atribuido a Jacopone da Todi. Una nueva forma de un concierto barroco, en el mejor de los casos.
Como dice Gastón (¿José Emilio Burucúa?) el especialista en arte de la primera secuencia del fin: no sé. Finalmente, el fin está hecho de señales sin fin.
Apuntes de invierno II: La ópera imposible (Primera parte): Niñas y “turcos”
Mozart, el triunfo de Sellars, siempre fue leído por la modernidad, sin embargo: siempre fue un contemporáneo, tal vez por el pliegue que su música permite, un resto que, para algunos es muestra del universalismo que movía a las revoluciones políticas y para otros, una perversidad insomne: “una sensibilidad archi-inteligente, un pecado que cruzaba la línea de sombra que existe entre el deleite y el dolor”.
A pesar de Sellars, las lecturas de la tradición operística habían comenzado antes.
Stravinsky había escrito The rake´s progress (1951), ya muy alejado de sus ballets rusos y sus tretas (Pulchinella): se trataba de una ópera de modales dieciochescos en todo sentido, en las formas y el fuerte contenido moral (justamente, como las óperas de Mozart-Da Ponte); en la que colaboraba, además, con un gran poeta en el libreto, W.H. Auden (y Chester Kallman). Rake´s progress podría entenderse como otro elemento más de la renovación operística, esta vez desde la creación misma. No era la única ópera que dirigía su mirada al siglo 18; también lo hicieron Britten, Weill-Brecht, Poulenc, etc., todos con una gestualidad eminentemente contemporánea, pasando por encima al siglo 19 (a Wagner, vamos). En el caso de Stravinsky, se destaca el manierismo, la artificiosidad, el capricho moral. Edward Said cita a T. Eliot para explicar este interés por ese siglo pasado: “lo pasado del pasado” como tema de composición musical contemporánea.
El siglo 18 fue el umbral de las revoluciones liberales. El siglo 19 fue la realización de los ideales burgueses. Y el siglo 20 significó la aparición de lo que la revolución burguesa creía haber derrotado, olvidado, reprimido (en todo sentido). La ópera pasó a ser el triunfo de la burguesía, y para algunas vanguardias (especialmente las segundas vanguardias, especialmente las musicales, Darmstadt y los fetichistas serialistas del verano) debía ser destruida.
Es imposible resumir lo que la ópera puso en juego en la música y la política; lo cierto es que, aun en sus peores momentos, se mostró como un espacio de disputa, a la vez que un terreno deseado y prestigioso (este prestigio era el blanco del ataque revolucionario). En este sentido, se entiende que la ópera del siglo 20 pusiera el foco en la ópera previa al siglo 19. Resulta claro que Roland Barthes, con su gusto por lo inactual (lo anticuado), optara por la ópera aristocrática, balzaciana (recordemos que la modernidad de Balzac se basaba en su conservadurismo monárquico, ancien régime) como la mejor ópera posible.
6.8.17
Apuntes de invierno I: Filología s
Oscar Strasnoy. Ópera, ideograma y filología
18.7.17
Écoutons
Por mi parte, me pregunto si habría algo así como un archivo musical: por ejemplo, podría ser la Sinfonía N° 14 de Shostakóvich, que sigue la senda de La canción de la Tierra de Mahler (más precisamente, Las canciones y danzas de la muerte de Mussorgsky), pero en el final "kruscheviano" y administrativo de lo viviente de la URSS (Groys). En el gris infinito de los últimos tiempos comunistas, Shostakóvich compone un hiriente ciclo de canciones donde se musicalizan (cantados en ruso), poemas de Lorca y Apollinaire, entre otros (Rilke): son los restos de la Guerra Civil Española y la revuelta surrealista. Pienso que, de alguna manera, Shostakóvich compone una rapsodia, un patchwork (Antelo-Barthes) con lo que quedaba de la Revolución. A través de los poemas, podría buscarse una reminiscencia discursiva, balbuceada entre los escombros de una forma de vida. Es una sinfonía disgregada en canciones.
26.6.17
y hacedlo, voy diciendo, por el analfabeto a quien escribo,/ por el genio descalzo y su cordero
(Gracias, Diego B.)
Aquí, un bello episodio dedicado a los juglares y contadores de historias: http://rtve.es/v/942014
9.6.17
3.6.17
Karl Vossler y yo
En una reunión de especialistas en literatura, en la cual se habló de ecdótica y las ninfas de Warburg; de las filosofías de la praxis en poetas como Vallejo y Pasolini; de los meandros de la traducción galesa de la Materia de Bretaña en la Edad Media (alta y baja) y las transferencias culturales; de la transmisión y las apariciones fantasmales en las rutas de la oralidad, etc., etc.: en ese estimulante espacio (todos estábamos cansados, todos estábamos entusiasmados), presenté mi propuesta –ni siquiera podría llamarse una ponencia- de lectura de la obra poética de Juan Rodolfo Wilcock: el poeta “argentino” que escribió en italiano y español, que integró (de manera polémica, digamos) el grupo Sur y que filmó como Caifás en el Evangelio según Pablo de Pasolini (“la historia de la Pasión –dirá Pasolini en otro film, La ricota- es la historia más sublime jamás contada”), que realizó la tarea del traductor durante toda su vida, y que escribió en italiano una poesía extraordinaria que culminó en el Italienisches Liederbuch de 1974. Cuando leí, hace ya más de quince años, los poemas que integraban ese último libro, sentí un entusiasmo que aun hoy no cesa; y, básicamente por eso, decidí estudiarlo en el (inusual y extraordinario) grupo de investigación académico del que formo parte.
Hay un misterio, un misterio lírico, diría, en la poesía de Wilcock. Tratándose de lírica, creo que la aparición de asuntos políticos y comunitarios (aun siendo la comunidad una gran negada en la obra de Wilcock) no pueden ser dejados de lado. Al contrario, creo que es en ellos donde más resuenan y se acumulan en un palimpsesto sonoro. Y que lleva a pensar en las evidentes diferencias entre la obra realizada en la Argentina y en italiano por el poeta.
Entonces, cuando uno se plantea el paso de la poesía de Wilcock (atravesado por libros enteros dedicados a las formas de vida), no puede más que preguntarse por el estatuto de las figuras (líricas) que habitan los “lugares comunes” (Luoghi comune se llama su primer libro de poesía en italiano) entre la producción española y la italiana. ¿Quién habla, quién canta, quién escribe en esos peomas?, también, sugestivamente, hay una resonancia entre su primer libro de poesía Libro de poemas y canciones (1940) y el último Italienisches Liederbuch de 1974, donde además de la referencia a un ciclo de lieder de Hugo Wolf –otra vez está planteado el tema de la voz y la música-, hay un juego con las múltiples lenguas que se suceden, como en Roma, en la poesía. Esas figuras atraviesan –trasnformadas, traducidas, transferidas, transfiguradas- el ciclo de poesías de Wilcock.
Al llegar a este punto, recordé, porque también (mejor dicho, fue un centro de discusión interesantísimo en toda la tarde) se había estado discutiendo el “estatuto” y el método que definiera lo propiamente filológico para poder hablar de un "giro filológico” en los estudios literarios, recordé el nombre de Karl Vossler, quien en un viejísimo libro (Formas poéticas de los pueblos románicos) que compilaba artículo escritor por el insigne filólogo idealista y que yo había leído muy encantado por su teoría que ubica a la ópera como una transformación de los misterios y representaciones sacras de la Cristiandad cuando reaparecen (y colapsan en las) figuras propias de la antigüedad clásica, particularmente, por supuesto, la ninfa Euridice y el tracio Orfeo: transformaciones que pueden ser interrogadas en el ámbito de la lírica (atender al rumor de sus articulaciones).
La mención de Vossler provocó la intervención de una persona brillante (como escritor, docente, investigador), que no puede menos que atender, para señalar cierta tranquilidad, apoyándose en una mención acrítica del maestro alemán, que dejaría, sin más, de lado los problemas que las investigaciones de Vossler suponen. En este caso, sería casi un namedroping, dejar caer un nombre sin mayores ideas que una aproximación general, incapaz de reponer las discusiones que éste supone (ser una doña, digamos).
No es mi caso. Nombrar a Vossler no me resulta cómodo, ni me tranquiliza. Si llegué a Vossler fue porque –como Spitzer, su discípulo- no era un filólogo “sordo” y su teoría del origen de la ópera es tan literaria que me resultó irresistible. Yo no puedo seguir los rastros de las figuras con la erudición de alguien como Vossler (ni Auberbach, ni Spitzer, etc.), no tengo una formación de esas características. Mi filiación es otra. Y esta es una palabra vital en este contexto "filológico".
Leí y estudié a Auberbach en el marco del grupo de investigación que dirige Daniel Link, y lo leí a partir de su noción de “Literatura mundial”, que es una propuesta de desafiliación, producto del desastre de la guerra, del devenir vital de estos investigadores, de su contexto de formación y transmisión para asumir a la Tierra (das Erde, la Tierra de las canciones de Mahler) como “la patria filológica”: asumir la vida (la filiación, casi entendida como biopolítica), para abrirse a la Tierra (la afiliación, la praxis, las formas de vida), y, en este movimiento, leer críticamente en una posición que dé cuenta de los lugares de enunciación, de la inserción polémica (por eso agradezco la intervención). Mi incomodidad con Vossler es de esta calaña: llegué a él a través de un movimiento de desafiliación que me obliga a interrogar constantemente mis límites, mi (de)formación. En un punto, tal vez, me resulte imposible terminar de reponer la cultura mandarinesca de estos filólogos –que, insisto, poseían un excelente oído musical-, pero intento hacerlo a través de camino oblícuos (Roberto Calasso, entre otros, por ejemplo, en el caso de Wilcock; y mis amigos investigadores, poetas, escritores), ya que mi filiación es otra: los barrios pobres del GBA, las vidas de las clases medias bajas, las amistades desesperadas de la primera juventud, los estadios de fútbol, las pequeñas iglesias (aun me sorprende reconocer en cierta obras de Schubert, por ejemplo, el armado melódico y armónico de viejos himnos de iglesias protestantes que canté por ahí).
Nada fácil, ni cómodo, me resulta Vossler. Pero creo que mi (im)posibilidad crítica, mi escritura, también, se juegan ahí, en ese lugar incómodo que no pienso abandonar. Porque ya no puedo, ni quiero, dejar de leer y bailar.
17.3.17
10.3.17
6.3.17
Más o menos así me hice católico
Il mio stile è vecchio
come la casa di Tiziano a Pieve di Cadore
nel mio sangue non c'è acqua
ma fiele che ti potrà guarire.
Ci si illumina d'immenso
mostrando un poco la lingua
al prete che dà l'ostia
ci si sente in paradiso
cantando dei salmi un poco stonati.
5.3.17
La grazia innaturale
Un vento a trenta gradi sotto zero
incontrastato sulle piazze vuote e contro i campanili
a tratti come raffiche di mitra disintegrava i cumuli di neve.
E intorno i fuochi delle guardie rosse accesi per scacciare i lupi
e vecchie coi rosari.
Seduti sui gradini di una chiesa
aspettavamo che finisse messa e uscissero le donne
poi guardavamo con le facce assenti la grazia innaturale di Nijinsky.
E poi di lui si innamorò perdutamente il suo impresario
e dei balletti russi.
L'inverno con la mia generazione
le donne curve sui telai vicine alle finestre
un giorno sulla prospettiva Nevski per caso vi incontrai Igor Stravinsky
e gli orinali messi sotto i letti per la notte
e un film di Ejzenstejn sulla rivoluzione.
E studiavamo chiusi in una stanza
la luce fioca di candele e lampade a petrolio
e quando si trattava di parlare aspettavamo sempre con piacere
e il mio maestro mi insegnò com'è difficile trovare
l'alba dentro l'imbrunire.
27.2.17
Xuxa y el tupí-portuñol
1
A partir de finales de la década del '80, una presentadora muy conocida en el Brasil tuvo su llegada a la TV Argentina: Maria da Graça Meneghel, "Xuxa".
Todo en el Show de Xuxa era fronterizo: la espectacularidad gritona, la sensualidad explícita de la reina de los bajitos y sus paquitas, los uniformes a lo soldadito de plomo (retazos de un imaginario infantil) con altas botas blancas, los giros extasiados, las canciones estridentes, los colores chillones que se recortaban frente al blanco y amarillo, los colores de la reina. Fronteriza siempre: se sabía que la reina había sido novia de Pele (como compartiera paseos con un Kennedy), y en el momento de más esplendor, salieron publicadas en Playboy fotos de algunas sesiones en las que aparecía jovencísima y desnuda, sólo desnuda y junto con otra joven, en posiciones muy lejanas a lo "porno", que era lo que se comentaba, que había sido actriz porno. Presentadora infantil y actriz porno. Además, la reina tenía gustos más o menos cósmicos, promocionaba un libro, una especie de Principito, llamado Amy el niño de las estrellas, cargado de sabiduría celeste. A esas devociones cosmológicas, se le oponían otras, que escandalizaron particularmente a un sector del cristianismo latinoamericano, el de la deriva protestante: Xuxa era satánica. Para escuchar su liturgia demoníaca había que "escuchar el disco al revés", en una de sus canciones más famosas, pasada al revés, se podía escuchar: "el Diablo es magnífico".
La reina solía aparecer, y coquetar, en el programa de un ascendente Marcelo Tinelli. Juagaban una especie de juego que también se hacía en el programa de Xuxa: ambos participantes se ponían muy cerca, cara a cara, y tenían que tratar de no pestañear. Cerca, como para darse un beso, casi. Xuxa juagaba a esto en su envíos y a los niños les resultaba prácticamente imposible no poner los labios, en "piquito" como para dar un beso.
Xuxa había traído a la televisión argentina el sensualismo desaforado del carnaval carioca, la tropicalia y el amor a los cuerpos más o menos desnudos, y además, trajo a los medios masivos un muy particular dialecto: el portuñol.
2
Quien haya visitado las Cataratas del Iguazú habrá apreciado la exhuberancia del paisaje, la riqueza de la flora y el calor. El impacto de la gran masa de agua cayendo fatalmente es demoledor. En mi caso, sólo pude pensar en un mar vertical para poder percibirlo. Algo me llamó poderosamente la atención, eran unas aves de color negro, que entraban y salía de la catarata: esa combinación de fuerzas hídrica y gravitatoria, casi fatal y el vuelo, más o menos desesperado, más o menos litúrgico de los pájaros, me encantó. Allí estaba una de esas combinaciones naturales que revelan el intrincado despliegue de la vida, una de esas contorciones emocionantes, que en cierta manera, son ajenas a la civilización humana; aunque formemos parte de muchas relaciones así (las ratas y nuestras alcantarillas, por ejemplo).
Hay un punto, siguiendo el río Iguazú, llegando al Paraná, en el que uno está ubicado en la triple frontera: Argentina, Brasil y Paraguay. Zona incandescente. Nuestro español es soberbio, el portugués lo es más: ambas lenguas son nacionales, están relacionadas con sendos territorios y ambas se relacionaban con una metrópolis, aunque de manera muy diferente. La tercer lengua fronteriza es el guaraní, asociada al Paraguay, pero celosamente enfrentada (para bien y para mal) a las otras dos.
Es muy habitual escuchar en programas de radio (sobre todo en AM, especialmente en programas periodísticos, indudablemente en programas conducidos por imbéciles) una mala burla del "paraguayo": en general, una persona bastante ignorante, que apenas habla "bien" el español. El guaraní no pertenece a la familia de lenguas indoeuropeas, y pasó bastante tiempo para que alcanzara el estatuto de lengua. Es una lengua esencialmente oral, aunque ha desarrollado una escritura,
aprovechando el alfabeto latino. Es una lengua cuyo territorio (si bien, desde 1992 ha sido incorporada como idioma oficila de la República del Paraguay) es indeterminado: Corrientes, Chaco, Paraguay, Bolivia, pero también en las grandes ciudades. El guaraní es esquivo y raro para el hablante citadino, endiablado y musical.
En esa confluencia de agua, selva y ciudades bochornosas, se habla el llamado portuñol. Podría creerse que se trata de una combinación de español y portugués, pero no, sus hablantes son también guaraníes y, basta escuchar hablar a un correntino, para saber que el guaraní aporta condiciones idiomáticas, también. En el español confluyen las derivas de la diáspora, el ritmo octsílabo; no sé portugués, pero cabe destacar, al menos por lo que yo conozco, su novelización moderna, las canciones. Y el guaraní trae a los hermanos gemelos del centro del continente, los hijos de los tigres, el silencio de los animales de presa.
3
Contra el homo symphonicus, legislador de la concertante forma-sonata y calígrafo de conservatorio, se insurge entonces el escritor rapsódico, de tal suerte que su escritura ya no se sitúa ni temporal ni espacialmente en lo propio o específico, sino que se piensa a sí misma como rescate de otras tradiciones, ajenas al propio espacio y anteriores al propio tiempo. Es decir, una traducción". (R. Antelo, "La escritura rapsódica y la caída del sujeto").Si bien, Antelo se refiere a la escritura, esta condición rapsódica, no concertante, podemos escuharla en el aria del portuñol. Una lengua de frontera y traducción, de pasaje, un triple pasaje en este caso. Ubicado en lo fronterizo, en el contacto de la exhuberancia barroca de la selva, derramándose en las grandes ciudades. Las naciones son lugares de pasaje del portuñol, pero no lo legislan. Es una lengua extra-territorial, archi-territorial.
Actualización cimarrona del pasado imperial, de las guerras de conquista, de las canciones de cuna, del arullo y de la amistad, el portuñol es molecular.
7.2.17
Concierto de Año Nuevo - Orquesta Filarmónica de Viena - Director: Gusta...
So ängstlich sind wir nicht!
10.1.17
28.11.16
Dentro de la sombra de una canción está la vida
.
sinestesia,
Toros
30.10.16
Imaginación sevillana
Estoy solo en casa. Hace tiempo que no veo a mis amigos. Estoy escuchando –con muy mal sonido, como hace veinte años o más- un disco, no importa de quién, podría ser el disco de Franco Fagioli, contratenor tucumano, dedicado a arias de óperas rossinianas. Hace poco, entregué un texto sobre la ópera castrata, aquella ópera popular que predijo el mundo del espectáculo y las estrellas internacionales, a la vez que puso en escena a un puñado de cantantes desesperados, hijos de la tierra, en la composición musical. Podría ser ese disco, dedicado al Cisne de Pesaro, uno de los últimos operistas que escribieron para aquella voz, “el tercer sexo”. También, podría ser un disco de Bill Evans, en el que cada nota parece inevitable, verdadera y se detiene ante lo imprevisto y lo asume como inevitable. O podría ser un disco de flamenco, grabado en 1971, que presenta a los nuevos cantantes de Jerez de la Frontera. Cualquiera de esos discos se me presenta pleno de imágenes, de sensaciones y de dobleces sobre los que apenas soy capaz de resistirme. Quisiera ir al sur de España a ver los toros, aun interrogado por el sentir de mi generación, para la que la condena hacia la crueldad para con los animales es constitutiva. Pero yo no sé si en esa fiesta taurina, en esa emoción de turistas - el mayor emblema taurino (el toro de Osborne) es una marca comercial- no permanece cierta ofrenda, como aquella que realizaban “los griegos”, que irritaba a Unamuno, a la vez que lo tentaba a considerarla como la forma ortodoxa de las artes. Por no hablar del candor lorquiano, Picasso, Dalí, amantes del ritmo y la pintura taurinas. Sin embargo, han pasado tantos años. Vamos a dejar de hablar de esto, por ahora.
.
sinestesia,
Toros


