Carmen III - Catulus
et quantum est hominum uenustiorum!
¡Llorad, oh Venus y Cupidos
¡Malditas seáis, malvadas tinieblas
Ahora, por tu culpa, los ojitos de mi niña,
Fue en un segundo.
Oímos el canto genital de las muchachas,
las pájaras fatales de las rocas;
la melodía sabrosa de la muerte,
un ulular clavado
en las gargantas oscuras de la horda.
Fue en un segundo
ver desde el barco un pobre cuerpo mixto:
Parténope destrozada entre las rocas,
hecha polvo en la tierra abandonada.
Su salvación es marina, su verdad de tierra, de agua y de fuego.
El fuego en la última prueba total,
pero antes la paz: los engendros de agua y de tierra.
Roma no se rinde con facilidad, ni recibe por el lado del mar:
su prueba es de aceite, el aceite que mastica las verdades.
El aceite hirviendo que muerde con dientes de madera,
de blanda madera que se pega al cuerpo, como la noche
al perro, o al ave que cae hacia abajo sin fin.
Roma no se fía y su prueba es de aceite hirviendo,
y sus dientes de madera son la madera
mucho tiempo sumergida en el río, blanda y eterna,
como la carne, como el ave apretada hasta que ya no respira.
San Pablo ganaría a Roma, pero la verdad es que San Juan de Patmos
ganaría también a Roma.Ved su marca, su fuego, su ave.
Los ancianos romanos le cortan la cabellera,
quieren que nunca más la forma sea alcanzada,
tampoco el ejemplo de la cabellera y la pleamar de la mañana.
San Juan está fuerte, ha pasado días en el calabozo
y la oscuridad engrandece su frente y las formas del Crucificado.
Ha gozado tanto en el calabozo como en sus lecciones de Éfeso.
El calabozo no es una terrible lección,
sino la contemplación de las formas del Crucificado.
El calabozo y la pérdida de sus cabellos debían de sonarle como un río,
pero él, sólo es invadido por la ligereza y la gloria del ave.
Cada vez que un hombre salta como la sal de la llama,
cada vez que el aceite hierve para bañar los cuerpos
de los que quieren ver las nuevas formas del Crucificado ¡Gloria!
Ante la Puerta Latina quieren bañar a San Juan de Patmos,
su baño no es el del espejo y el pie que se adelanta,
para recoger como en una concha la temperatura del agua.
No es su baño el del cuerpo remilgado que vacila
entre la tibieza miserable del agua y la fidelidad miserable del espejo.
¡Gloria! El agua se ha convertido en un rumor bienaventurado.
No es que San Juan haya vencido el aceite hirviendo:
ese pensamiento no lo asedia, no lo deshonra.
Se ha amigado con el agua, se ha transfundido en la amistad omnicomprensiva.
No hay en su rostro el orgullo levísimo, pero sí dice:
Allí donde me amisté con el aceite hirviendo, id y construid una pequeña iglesia católica.
Esa Iglesia es aún hoy, porque se alza sobre el martirio de San Juan:
su prueba la del aceite hirviendo, martirizada su sangre.
Levantad una iglesia donde el martirio encuentre una forma.
Todos los martirios, la comunión de los Santos,
todos a una como órgano, como respiración espesa, como el sueño del ave,
como el órgano alzando y masticando, acompañando la voz,
el cuerpo divino comido a un tiempo en la comunión de los Santos.
El martirio, todos los martirios, alzando una verdad sobrehumana:
el senado consulto no puede declarar sobre la divinidad de los dioses.
Sólo el martirio, muchos martirios, prueban como la piedra,
hacia sí, hacia el infierno sin fin.
Los romanos no creían en la romanidad.
Creían que combatían sus pequeños dioses, hablando
de la ajena soberbia, y que aquel Dios era el Uno que excluía,
era el Uno que rechaza la sangre y la substancia de Roma.
La nueva romanidad trataba de apretarse con Roma,
la unidad como un órgano proclamando y alzando.
Pero ellos volvían y decían sobre sus pequeños dioses,
que había que pasar por la Puerta Latina,
que el senado consulto tenía que acordar por mayoría
de ridículos votos que habían llegado nuevos dioses.
Llegaría otra prueba y otra prueba,
pero seguirían reclamando pruebas y otras pruebas.
¿Qué hay que probar cuando llega la noche
y el sueño con su rocío y el rumor que vuelve y abate,
o un rumor satisfecho escondido en las grutas, después en la mañana?
En Roma quieren más pruebas de San Juan.
El martirio levantando cada iglesia católica,
pero ellos seguían: pruebas, pruebas.
Su ridícula petición de pruebas,
pero con sus mantos sucios y paños tiznados
esconden sus llagas abultadas,
como la espiral del canto del sapo enviada hacia la luna,
pero le ha de salir al paso el frontón de la piedra,
del escudo, del cuchillo errante que busca las gargantas malditas.
San Juan está de nuevo preso,
y el Monarca en lugar de ocultar el cuadrante y el zodíaco
y las lámparas fálicas que ha hecho grabar en la paredes altivas,
ha empezado a decapitar a los senadores romanos,
que llenos de un robusto clasicismo han acordado que ya hay dioses nuevos.
San Juan está de nuevo en el calabozo, serenísimo,
como cuando sus lecciones de Éfeso y cuando vio que el óleo hirviendo
penetraba en su cuerpo como una concha pintada,
o como un paño que recoge el polvo y la otra mitad
es de sudor y el aire logra tan sólo la eternidad de ese paño y polvo y sudor.
San Juan pasa del calabozo al destierro, y su madre,
desmayada que fue en una nube,
se acoge a la muerte, y puede estar serena:
el destierro es también otra nube, acaso pasajera.
Y mientras San Juan está en el destierro,
el cuerpo de su madre está escondido en una caverna,
pero es que está sintiendo en una noche invisible
que su madre está en una caverna.
Las pesadillas de la madre insepulta,
escondida en una caverna, no corroen su visión admirable.
Cuando San Juan quiso cortó las ramas de la sombra reproducida,
que ya no volverá a saltar en el bastón del Monarca.
Y saltó del destierro a la nube, de la nube bajó a la caverna,
como en la línea de un ave,
como la memoria de un astro húmedo y remontado.
La madre está muerta en la caverna,
pero despide lentas estrellas de un aroma perpetuo.
La nube que trajo a San Juan se va extendiendo por la caverna,
como el órgano que impulsa las nuevas formas del Crucificado.
San Juan no tiembla, apenas mira, pero dice:
Haced en este sitio una pequeña iglesia católica.
El áspid, balada, creo,
fue un burdo recurso y pleo
nasmo es Aristeo.
En mi versión, cuando dríada
pasmóse ante el caramelo
de algún pastor, a la Ilíada
no quiso el marica Orfeo
anticipar con su celo;
renegó del gineceo
como de Ariadna Teseo.
El párvulo de Calíope
ad ínferos sin mortaja
no descendió, sino etíope
o nubio rimo amebeo
solaz que le dio ventaja.
¡A cuántos, en tal recreo,
brindó su canto Orfeo!
Un fin que la historia cuenta
condigno es con esta trama:
las naifas envidia cruenta
movieron contra el deseo
del poeta; percanta fama
me lo amuró. Según leo,
en varios trozos a Orfeo
se tragó Leteo.
--
(Gracias, Alejandro.)
Como un viajero persa cautivo en tierra escita
más solo entre los bárbaros que Simeón Estilita
escucho en la azotea de mi casa el llamado
lejano de unos pájaros sobre un cielo dorado
que buscan en los juncos del Nilo su alimento
oigo hablar de las Cícladas y no sé si es el viento
o pies que huyen desnudos ya al sol sobre la arena
entre restos de espuma que el viento desordena
son ellas sin embargo las mujeres del mar
que en las calles del centro oigo a veces cantar
detrás de las dos Dársenas y de la Costanera
cuando el invierno arrastra su trapos por la acera
las verdaderas dueñas del collar de Teodora
las sopranos eternas la familia escultora
las santas que escribían Xristo en las catacumbas
y adornaban con peces las tapas de las tumbas
las únicas personas que vivieron en Ur
las alegres cretenses que no pisan el Sur
hijas de la memoria con flautas y banderas
que en la noche sin término recorren las praderas
donde los unicornios fornican con leones
y las reinas con bestias de grandes proporciones
anotando en cuadernos que la sombra pervierte
fragmentos del coloquio del hombre con la muerte
cariátides sin manos de las quintas latinas
musas que lame el humo del tiempo entre las ruinas.
Cuando, de golpe, San Martín desprende
sus brasas y las atiza en el fondo del oscuro
fogón de Ontario,
estallidos de piñas verdes entre las cenizas
o el humo de una infusión de amapolas
y el Rostro ensangrentado en el sudario
que me separa de ti;
esto y poco más (si poco
es una señal tuya, un guiño, en la lucha
hacia un osario, sin
salida, mientras zafiros celestes,
palmares y cigüeñas en una sola pata no ocultan
la vista atroz al pobre
Nestoriano extraviado);
es cuanto de ti llega desde el naufragio
de mi pueblo, del tuyo, ahora que un fuego
de hielo trae a la memoria la tierra
que es tuya y que no viste; y otro rosario
entre los dedos no tengo, ni otra llama
sino ésta de resina y de bayas,
te ha alcanzado.
Violines de los ángeles divinos,
sones de las sagradas catedrales,
incensarios en que arden nuestros males,
sacrificio inmortal de hostias y vinos;
túnica de los más cándidos linos,
para cubrir a niños virginales,
cáliz de oro, mágicos cristales,
coros llenos de rezos y de trinos;
bandera del Cordero, azul y blanca,
tallo de amor de donde el lino arranca,
rosa sacra y sin par del Santo Graal.
¡Mirad que pasa el rubio caballero
mirad que pasa, silencioso y fiero,
el loco luminoso : Parsifal!
Dios bueno, omnipotente, altísimo Señor,
a ti las alabanzas, a ti las bendiciones, la gloria y el honor.
A ti solo, Señor, son debidas, y ningún hombre es digno de nombrarte.
Bendito seas mi Señor, y todas tus criaturas, especialmente nuestro hermano el sol,
que nos da el día,
y por el cual nos iluminas.
Es hermoso y radiante en su esplendor,
y nos habla de Dios.
Bendito seas mi Señor por nuestra hermana la luna y las estrellas,
por hacerlas tan claras, luminosas y bellas.
Bendito seas mi Señor por nuestro hermano el viento,
por el buen y el mal tiempo,
por el aire en el que nos sostenemos.
Bendito seas mi Señor por nuestra hermana el agua,
porque es útil y humilde, porque es valiosa y casta.
Bendito seas mi Señor por nuestro hermano el fuego,
que ilumina la noche, y es fuerte, alegre y bello.
Bendito seas mi Señor por nuestra hermana, madre Tierra,
que nos dirige y nos sustenta,
y da frutos y flores de colores y hierba.
Bendito seas mi Señor por los que saben perdonar por tu amor,
y se mantienen fieles en la tribulación.
Benditos los que sufren con paciencia y en paz,
tú, Dios omnipotente, los recompensarás.
Bendito seas mi Señor por nuestra hermana la muerte corporal
de la que ningún hombre vivo puede escapar.
Desdichados los que ella halle en pecado mortal,
felices los que encuentre en tu fidelidad,
pues la segunda muerte no los podrá dañar.
Alabemos a Dios, démosle gracias, bendigámoslo,
con humildad sirvámoslo.
(Hermosa traducción de Alejandro Crotto.)
Tú me hiciste, ¿seré tu obra arruinada?
Cúrame ahora, para mí se acaba;
iba a la muerte, y ella se apuraba,
mis placeres de ayer ya no son nada.
No quiero abrir los ojos: vía oscura
de muerte y desesperación delante,
terror de carne débil que constante,
en pecado, al infierno se apresura.
Permaneces arriba, y aunque suelo
por tu signo anhelar el alcancarte,
tienta el viejo enemigo con su arte,
y ni una hora logro estar en vuelo.
Que tu Gracia me aleje de ese fiero
y forja tú mi corazón de acero.
La Primavera duerme ligera
sobre la tierra frente al mar.
Ha muerto ayer por la noche,
y sin embargo es inmortal.
Mil veces yo he visto
su fin: pero ahora no sé
si es un tiempo del mundo,
o si es solamente luz.
Duerme. No vive y no muere: duerme.
Algo duerme, brillando frente al mar.