Mientras escribía los apuntes de este invierno musical, fui a ver Tres finales de Rafael Spregelburd. Como estos apuntes comenzaron con un
ciclo de conferencias sobre "ópera contemporánea" y Tres finales fue
comisionada por un teatro de ópera de provincia (lo digo sin malas intenciones,
me fascina la idea de un teatro en mitad de la pampa) y siendo, además, que
Rafael hace tiempo que viene trabajando en la Sprechoper (ópera hablada), creo
que valía la pena intentar un apunte más.
-
¿Desde dónde
se empieza a contar un final? ¿Hay algún acontecimiento que pueda señalar un
comienzo del fin? En la tradición judeocristiana -quizás en la cristiana, más
precisamente- solemos señalar un acontecimiento que divide la historia en un antes y
después, acontecimiento (el nacimiento de Cristo) que, a su vez, se abre hacia otro acontecimiento cuya inminencia es
dilatada, esperada y resistida por su misma inminencia: el fin de los tiempos.
Este juego de tensiones, antes y después, nos llena de Apocalipsis y espera:
estamos esperando el fin, pero ¿cuáles son las señales del fin?
Roberto Calasso,
al comienzo de El loco impuro, escribió una secuencia del fin de la Europa hegeliana:
En un año
impreciso, durante el reinado de Federico II de Prusia, la "admirable
estructura" del Orden del Mundo sufrió una laceración, a la que habrían de
seguir muchas otras, "según el principio de appétit vient en
mangeant". Se cumplían, spiritualia nequitiae in coelestibus,
guerras de sucesión intestinas, allende el sol azotaban los Hermanos de Casiopea, todo sonido era de complot, pero el confundido espíritu terrestre
recibió los trastornos sin lograr entenderlos con claridad; ya hacía tiempo que
los prodigios tendían a pasar inadvertidos, y sólo algunos viajeros dejaban
caer breves alusiones sobre lo que sostenían haber visto con sus propios ojos,
agregando, no obstante, que "los acontecimientos más grandes son aquéllos
de los que se tiene noticia hasta el final".
Nos hemos habituado a leer señales del fin, pero el
fin está aconteciendo siempre (o nunca: es crisis) y a medida que se sucede el
tiempo, las capas geológicas se superponen, comienzan a hablar señales que
habíamos pasado inadvertidas y las recuperamos para que no se pierdan. Algo así
ocurre con el barroco y sus interminables pliegues, que algunos poetas
cubanos pensaron como la gran concha
americana en donde retumbaban y nacían todas las marejadas de la tierra, voluta
tras voluta, en fragmentos, o en largas parrafadas de puntuaciones nerviosas e
inestables, o -desde antes- las visiones de belleza que apenas entrevió Colón, la
religiosidad cristiano incaica de los Andes virginales: todo es paranoia
barroca, teatro del mundo, representación, confusión y verdad.
Nos hemos vuelto más brutos ("los prodigios
tendían a pasar inadvertidos"), decía Oscar Strasnoy en una conferencia
que espero llegar a comentar: hemos perdido la capacidad de leer las figuras
musicales que, en otra época, significaban humores, melancolía, con la
precisión de una figura oriental, la misma que buscaba extraer (compleja e
iridicente) Ezra Pound en sus Cantos. Ahora somos bastante menos capaces de
leer el ideograma musical que siglos de música y quehaceres humanos habían
creado como arte musical. Hemos aprendido a especializarnos, pero hemos
perdido (aporísticamente) precisión.
En Tres finales, la obra de teatro musical de
Rafael Spregelburd, comisionada por el TACET (Teatro Argentino- Centro de
Experimentación y Creación), asistimos a la representación de tres finales: el
del arte, el de la realidad y el de la historia. Es muy difícil para mí no
creer que Spregelburd realiza cada movimiento -de la escena, del habla- en un
sentido cargado de sentido ("todo sonido era de complot"): su obsesión por los cruces de las lenguas, especialmente por
aquellos cruces donde hay un reconocimiento a la vez que un pequeño desliz (del
sentido) que permite la duda, la ambigüedad o el contrasentido, la afirmación de la diferencia
irreconciliable. Estos deslices, suelen aparecer en la forma del chiste, como si apuntara a las
profundas cavernas del sentido (a su relación con el inconsciente): la Historia se desmorona en un vórtice intenso de la lengua. En ese lugar donde uno dice y erra "yo".
Se trata de tres obras más o menos independientes
entre sí, más o menos yuxtapuestas, que escenifican, con recursos y métodos
diversos, el final de tres poderosas concepciones occidentales.
La primera secuencia es el fin del arte. Esta
secuencia posee un registro, diría, "naturalista" con algunos excesos
propios del naturalismo (la exigencia de que cada elemento de la escena tenga una finalidad dramática, un punto de vista axial) y otros de la parodia que recorre toda esta producción. El natualismo está llamado por la impotencia de un límite: para escribir
una herida, la utopía naturalista es volverse ella misma herida, confundirse con lo
que lo excede (Émile Zola, que agradaba a Trotzky y los surrealistas, cuyos programas querían exceder el límite de las instituciones), salirse
de sí, delirar. Un profesor universitario y su adjunta discuten en un bar en Francia
sobre el estatuto que le correspondería a la famosa restauración del Ecce homo de Borja realizada por Cecila Giménez, una voluntariosa voluntaria que dejó a la figura
"original" deformada bajo una imprecisa forma con cierta expresión
boba y aterrada, producto de su incapacidad de cuidar el naturalismo propio de
una buena restauración. La potencia de las imágenes (su música) en nuestra sociedad
hizo el resto: todos los íconos, desde Marilyn a los Cristos bizantinos podían
entrar en la serie del zafarrancho de Borja. Todo termina en un tono ancrúsico, sin un acento determinado en esta primera secuencia, tal como pasan las noticias, lo indignante de cada día. Queda la pregunta: ¿qué figura es esta figura deforme?
El segundo final es el Fin de la realidad: en la escena, hay un grupo de "traductores" que, al unísono, traducen lo que
podría ser una conferencia cuyo argumento es el juego (para pantalla, táctil) Angry birds, un juego que de alguna manera es la continuación de otro juego, Pokemon, cuyo mito de origen involucra una noción de la realidad. El inventor de Pokemon (Satoshi Tajiri) decía
que había ideado este juego como sustituto (farmakon) para los niños de las grande ciudades
modernas quienes ya no podían experimentar el placer de buscar y atrapar
insectos. Con esta idea, también jugaba la fantasmática conferencia que
traducían en paralelo, cada uno en su mundo, los traductores de la segunda
secuencia de finales. Los traductores están sentados de frente al público, uno
al lado del otro, miran hacia ninguna parte, el lado de afuera de la
representación. En cada extremo, hay una interferencia, que a veces hace
contrapunto con lo traducido y otras veces se superpone ásperamente: un hombre
hablando por teléfono celular (sin relación directa con la conferencia) con su madre, y en el otro, una traductora que comienza a traducir como
todos para empezar a canturrear y, finalmente, como un niño que canta y
crea su territorio, terminar cantando (haciendo música) una melodía muy
hermosa, realmente, acompañada por una violinista -en esta secuencia, la música
comienza a dominar la escena-, hasta que sólo queda la pura sonatina de lo que
se recorta sobre el lenguaje. Es esa linguística que imaginaba Rousseau, de
afectos musicales lo que termina deteniendo la traducción simultánea de un
juego táctil de un solo plano, que vendría a reemplazar las texturas del mundo y
su exaperante homologación. La cantante (Isol) se ahoga en un bidón de agua. En
verdad, se aclara con vergüenza la garganta, antes de ahogarse en la afasia,
cuando su cantar se impone y todos se dan vuelta para mirarla: ¿una canción imposible? El fin de la realidad es el fin de la voz, las terminales nerviosas y sus ecos en el aire, la confusión de las lenguas.
Corte. Un intermedio musical de tintes barrocos
(los músicos, dirigidos por Federico Zypce, llevan máscaras de animales: música
y animalidad, máscaras, carnaval: más barroco, imposible), y la última secuencia comienza. El fin de la
historia. Un collage que se mueve entre el humor físico, la digresión
dramatúrgica y la lucha entre la significación, la escritura y la vida. Un
sobretitulado describe y comenta en tono irónico y displicente -con leves
deslices- lo que hacen los actores en escena; dos cantantes interpretan
arias de indudable estirpe barroca. Es decir, el canto y la escritura, aquello
que colorea los límtes de la oralidad y la voz. En un momento, las dos cantantes comienzan a
cantar el primer número del Stabat Mater de Pergolesi, obra que conocí primero por la literatura de
Carpentier y que adoro profundamente. Entonces, no pude seguir mucho lo que
pasaba: había perdido el sentido, era el fin de la historia, porque la música
de Pergolesi me desarma, me confunde: al oírla, quiero escuchar la lucha entre
las dos cantantes, cómo una invita a la otra en el doloroso (y solar) trance,
cómo harán para ser dos muchachas, dos muchachos napolitanos,
medio varonas, para contar los sufrimientos de la madre frente al fin
del mundo: su hijo colgando en la cruz. El efecto fue que las divertidas cabriolas de
un grupo de actores fenomenales se volvieran mero collage, pastiche. En El arpa y la sombra de Carpentier está la escena que a mí me quedó registrada como del Stabat
Mater, siendo que, en verdad, se relata cuando el joven Mastai Ferreti (el futuro papa Pio IX)
y su prima cometen el "leve pecado" de interpretar en un teclado
un artia de la Serva padrona, célebre intermezzo de Pergolesi; quiso la suerte que la primera obra de
Pergolesi que encontré, cuando quise buscar quién era el músico mencionado en la novela, fuera el Stabat Mater, himno sacro atribuido
a Jacopone da Todi. Una nueva forma de un concierto barroco, en el mejor de los casos.
Tres finales comienza
fortísimamente intelectual: la discusión de los dos profesores (el sensualismo
del pájaro-tigre, un gran momento del discurso de la defensora del Ecce Homo figural); la alumna que realiza una
monografía caprichosa; los reproches familiares, tan violentos; las pequeñas miserias de la
vida; la masturbación y la iconoclasia (la Ascesis y la Fiesta); las voces amplificadas de los actores;
la duda; etc. Y acaba un poco más circense y barroca, a la manera de la bella
película de Pasolini, La ricota, que también oponía el arte académico
(pero a la luz del manierismo) y la vida de un actor pobre colgando de la cruz.
De todas maneras, lo que pueda haber de
"fallido" en Tres finales se complementa con la increíble performance de
los actores, con la irradiación corporal que transmiten (Spregelburd abre la
boca y con un gesto provoca la risa), bailan, sufren, pronuncian con precisión, etc. y el carácter experimental (no acabado,
incompleto, no finalizado) de la obra, que se dedica a proponer algunas señales del fin, sin creer demasiada en ninguna, salvo lo que permanece (y pasa) en la lengua.
Como dice Gastón (¿José Emilio Burucúa?) el
especialista en arte de la primera secuencia del fin: no sé. Finalmente, el fin
está hecho de señales sin fin.
Durante la década del ’70 del siglo pasado, la ópera comenzó a ser un espacio de renovación escénica, llegando a su culminación popular y comercial con la
trilogía Mozart-Da Ponte de Peter Sellars en los ’80 (Le nozze di Figaro transcurría en el piso 52 de una Trump Tower; Don Giovanni, en el Bronx y Cosi fan tutte estaba ambientada en una
cafetería en tiempos de la guerra de Vietnam). Esta renovación tenía una contrapartida en lo que se refiere a la interpretación musical, que buscaba recuperar las maneras, si no originales, las que se despojaran de los excesos del romanticismo y, especialmente, el postromanticisimo sinfónico.
Mozart, el triunfo de Sellars, siempre fue leído
por la modernidad, sin embargo: siempre fue un contemporáneo, tal vez por el pliegue que su
música permite, un resto que, para algunos es muestra del universalismo que
movía a las revoluciones políticas y para otros, una perversidad insomne: “una
sensibilidad archi-inteligente, un pecado que cruzaba la línea de sombra que
existe entre el deleite y el dolor”.
A pesar de Sellars, las lecturas de la tradición operística habían comenzado antes.
Stravinsky había escrito The rake´s progress (1951), ya muy
alejado de sus ballets rusos y sus tretas (Pulchinella): se trataba de
una ópera de modales dieciochescos en todo sentido, en las formas y el fuerte
contenido moral (justamente, como las óperas de Mozart-Da Ponte); en la que
colaboraba, además, con un gran poeta en el libreto, W.H. Auden (y Chester
Kallman). Rake´s progress podría
entenderse como otro elemento más de la renovación operística, esta vez desde
la creación misma. No era la única ópera que dirigía su mirada al siglo 18; también lo hicieron Britten, Weill-Brecht, Poulenc, etc., todos con una gestualidad eminentemente
contemporánea, pasando por encima al siglo 19 (a Wagner, vamos). En el caso de Stravinsky, se destaca el manierismo, la
artificiosidad, el capricho moral. Edward Said cita a T. Eliot
para explicar este interés por ese siglo pasado: “lo pasado del pasado”
como tema de composición musical contemporánea.
El siglo 18 fue el umbral de las revoluciones liberales. El
siglo 19 fue la realización de los ideales burgueses. Y el siglo 20 significó
la aparición de lo que la revolución burguesa creía haber derrotado, olvidado,
reprimido (en todo sentido). La ópera pasó a ser el triunfo de la burguesía, y
para algunas vanguardias (especialmente las segundas vanguardias, especialmente
las musicales, Darmstadt y los fetichistas serialistas del verano) debía ser destruida.
Es
imposible resumir lo que la ópera puso en juego en la música y la política;
lo cierto es que, aun en sus peores momentos, se mostró como un espacio de
disputa, a la vez que un terreno deseado y prestigioso (este prestigio era el
blanco del ataque revolucionario). En este sentido, se entiende que la ópera
del siglo 20 pusiera el foco en la ópera previa al siglo 19. Resulta claro que
Roland Barthes, con su gusto por lo inactual (lo anticuado), optara
por la ópera aristocrática, balzaciana (recordemos que la modernidad de Balzac
se basaba en su conservadurismo monárquico, ancien
régime) como la mejor ópera posible.
Ya que, en primera instancia, la ópera es refractaria al
realismo: las peripecias operísticas se encuentran en una tensión constitutiva que,
en vez de debilitarlas, las fortalece, permitiendo en muchas ocasiones,
argumentos y tramas que serían prácticamente insoportables sin la música y la
poesía (ese resto fonético y rítmico del lenguaje en el libreto). Durante el
siglo 20, la ópera conoció el revisionismo, la modernización y, claro, el gesto de la destrucción.
Una ópera como Bomarzo, por ejemplo, excesiva,
decadente y sobresaturada es, en cierta forma, una obra cuya gestualidad
monstruosa quiere presionar al escenario, a la platea, a los oyentes y a las
instituciones morales y musicales, hasta hundirlos. Entre las dificultades de
las óperas de la segunda vanguardia, se encuentra una terrible dificultad para
ponerlas en escena.
Las puestas en escena de Sellars –para recuperar un poco
la senda- son paródicas. Si aceptamos una etimología de la palabra parodia
que realiza Agamben (en Profanaciones), la parodia es el texto que está colocado al costado
del canto (para oîden). Las
puestas de Sellars son kitsch porque no son humorísticas: son serias y estrictamente
están paradas junto al canto, pero se diferencian de él: de allí su novedad y
triunfo. Cuando uno ve cómo se mueven los cantantes en Cosi fan tutte, ve momentos en los que parecieran realizar una
coreografía mecánica que se polariza con el furibundo realismo de la puesta,
dinamizándolo; mientras que la interpretación vocal y musical es atacada
(ataque) con vehemencia y el fraseo es intencionadamente “nervioso”, por
momentos caricaturesco.
Las versiones historicistas (o las actuales “versiones
históricamente informadas”) persiguieron, durante un tiempo, una quimera, una
escucha imposible: sonar como alguna vez algo sonó. Alrededor de este grial
sonoro, hubo reflexiones y podemos pensar que, a la manera de los objetos
musicales de la música contemporánea (Schaeffer): objetos sonoros barrocos, una
afinación y un “solfeo”; es bastante común encontrarse con un afecto barroco en
la música del capitalismo contemporáneo (Rafael Spregelburd coloca fragmentos
barrocos en su obra Tres finales, por
ejemplo). El barroco aparece como un estilo musical posible, nuevamente, ya que
era una poética americana. Uno no puede dejar de conmoverse ante las
interpretaciones actuales de un oratorio como Juditha Triumphans de Vivaldi (RV. 644, de 1716): un “oratorio
sacro-militar” en homenaje a la ciudad véneta, promontorio europeo hacia el
oriente, que en nuestros días resuena en sus figuras resignificadas: niñas y “turcos”.
Un poco a la manera de los castrati, las niñas del Ospedale della Pietà
recibieron una instrucción musical fortísima y reglada que su condición de
seres sagrados (¿?), mujeres huérfanas (así como los niños en conservatorios
napolitanos), les permitía: como muchachas lobo, es decir, colocadas al límite
de la cultura y lo humano, pudieron ser parte de una guerra que, en principio,
les estaba vedada y ocurría debajo de símbolos (bíblicos, históricos) que no
dejan de ser elocuentemente disruptivos o subversivos en términos culturales: a
las mujeres, el arte y la guerra. Fueron las últimas inflexiones del barroco
musical estricto.
La ópera presenta aspectos estéticos que involucran una
ética. Cuando canta una contralto, una barítona, canta un devenir mujer y canta una espada afilada que degollará a su opresor; o cuando canta un
contra tenor (el tucumano Franco Fagioli, por ejemplo) puede estar cantando un niño-lobo,
un César-mujer (como pretendía Deleuze). No se trata de una “recuperación”
imposible, sino de otra inflexión del archivo musical. No es extraño que el siglo
20 intentara recuperar o desvelar la gestualidad barroca cuando aparecía
imposible, a la vez que su pasión por lo Real lo llevara a la iconoclastia al
componer óperas, justamente, imposibles.
En la Argentina, hay también algo así como una renovación
de la escena operística. A los extraordinarios niveles de los intérpretes
musicales (orquestas y cantantes), comenzó a sumarse el trabajo de directores
de escena que modernizaron las tramoyas de los escenarios: desde los históricos
Jorge Lavelli o Sergio Renán, a los contemporáneos, entre otros, Marcelo
Lombardero (de muy buenas direcciones de actores) y el extraordinario Pablo Maritano
(ambos críticos de la idea de repertorio, por supuesto). No se trata aquí de
recuperar una historia de la puesta en escena de la ópera argentina –imposible,
por otra parte, para mí en este momento-, sino armar un pequeño contexto.
A fines del siglo 20, Alejandro Tantanian realiza la
puesta en escena de una obra de Gerardo Gandini. Aquí empieza su historia y su clase
magistral que llamó: “Escribir ópera: creación de libretos y escritura escénica”
y que comentaré en la segunda parte de esta nota.
Hay algo del discurso sobre la música
“clásica” que supone o da lugar a cierta afectación, una condición de
enunciación que se supone estaría acorde con, por ejemplo, los pasillos del
Teatro Colón: mimética, digamos, con las volutas del terciopelo y los ángeles
musicales que coronan sus testas aurales. Frente a estas maneras malamente
anacrónicas y fantasiosas, prefiero las apreciaciones como las de Rafael
Spregelburd para quien el Teatro es “una cruel arquitectura” que impone cierta
(y deseada para mí, en ocasiones) formalidad, pero no hay que exagerar. Tengo
abono de ópera en una ubicación espantosa, así que sé perfectamente que la
arquitectura del Teatro en esos laterales y en esas alturas: endemoniadamente
cruel e incómoda. Suelo terminar las funciones con dolores de cuello y un poco
intoxicado por los perfumes de mis compañeras de asiento. En general, estos
dobleces dolorosos de mi cuerpo son recompensados con interpretaciones
preciosas que hacen que, literalmente, valga la pena haber estado ahí. Las
mejores ubicaciones, un poco más caras que mi espantajo de abono, las disfruto
en el ciclo del Colón Contemporáneo, en el que, sin entregarse plenamente a la
experimentación del teatro musical del CETC, se sacude del polvo del llamado
“repertorio” –aunque hay algo de lo consagrado en los artistas que se
programan- para presentar obras cuya contemporaneidad es completamente vital y
necesaria.
Más allá de que ciertas obras del repertorio sean todavía
obras abiertas que dialogan con nuestras vidas, que sean necesarias para
conocer el pasado (y el presente) de la música, la idea misma de un puñado de
títulos cristalizados que se repiten durante los últimos ciento diez, ciento
veinte años, tiene algo de asfixiante. Aquella afectación es el resto de la
gestualidad burguesa (o lo que se supone que debería ser un gesto adecuado)
propia de estas casas musicales.
De todas maneras, en la “liturgia” del teatro de ópera,
hay posibilidades de reconocer la diferencia, como pretendía Sergio Pitol. La única vez que pude estar en
otro teatro del mundo (el Metropolitan Opera House de NY), lo comprobé. En los
movimientos hipercodificados del ingreso, los intervalos, la vestimenta, los
aplausos y los silencios, en esa suerte de diagrama antropológico de
movimientos que acompaña la representación de una ópera, uno puede conocer
algunos elementos de la idiosincrasia del lugar en donde se encuentra, por lo
menos de cierta clase social. Un espacio colectivo. También, hay un resto en todo esto que insiste en
la noche de la ópera y, también, el concierto (o la función): la necesidad de
recuperar una posibilidad de escucha nueva, comunitaria. Digo, sí, recuperar algo nuevo. Parafraseando
a Prohudond, una praxis que recupere elementos comunitarios de la
música y sus “protestas” visionarias: un realismo (“realismo”) que trascienda
las maneras cerradas del capitalismo para enfrentarse a la realidad viviente de
un Stabat en una iglesia, un Dies Irae en una misa de difuntos, etc.
Un arte de la fuga.
Durante cuatro noches pude escuchar (en el marco de
una Escuela de invierno, organizada por el CETC y la Fundación Williams) tres
conferencias sobre la ópera y su actualidad, y una función extraordinaria. Como
me enteré tarde de la propuesta, no pude (no creo que hubiera calificado) ser
parte del alumnado/artistas que recibieron una beca para cursar durante una
semana con especialistas, músicos y artistas para pensar, estudiar y proyectar
experiencias sobre la ópera, pero pude escuchar tres conferencias magistrales
de parte de Alejandro Tantanian, Fernando Fiszbein y (mi admiradísimo) Oscar
Strasnoy. También, fui a una función del ciclo del Colón Contemporáneo que
llamo extraordinaria porque extraordinaria fue la interpretación, la
programación y la música que pudimos escuchar en una verdadera "noche en la
ópera" llena de aventuras musicales.
Estos encuentros fueron muy estimulantes y me sirvieron para pensar (una vez más) sobre la música y la poesía.
Hay muchas cosas para decir: una de las primeras es que
encuentro, por lo menos entre los expositores (Tantanian, Fiszbein, Strasnoy) una voluntad clarísima por trascender el “repertorio” (trascender implica un reconocimiento, claro) y que la música
contemporánea es prácticamente, a esta altura, un estilo más de música en el
largo devenir del arte de los sonidos: los compositores actuales quieren
recuperar y renovar una música poética, una música del hacer y la vida,
representativa y esquiva en una relación cambiante, tensa y contradictoria con la literatura. Ni Strasnoy ni Fiszbein son afectados por otro afecto
que no sea el musical (y el poético). Aventuro, también, que prevalece menos
una idea de tradición que una noción fuerte de archivo y una aproximación a ese
archivo que, en cierta manera, puede pensarse deudora de la tradición
filológica. Por supuesto que uno debería considerar cierto desvío entre la filología de la literatura y la musical (lo
salvamos, por ahora, con el desplazamiento deladesinencia
del plural, sonido significante), aunque también hay un campo de atracciones -precisamente a través de las figuras retóricas y discursivas- intenso entre la palabra (la mímesis, la representación) y el sonido musical.
Las notas que siguen intentarán compartir algunos
apuntes, impresiones y especulaciones sobre el gran teatro del mundo y sus
figuras musicales y poéticas.
¿Fantasmas?
Para Strasnoy, Kurtág es el claro ejemplo de un compositor filólogo, en el que cada sonido de su obra está cargado de figuras. El gran Marino Formenti (quien realizó un hermoso concierto y velada en el escenario del Teatro) editó un disco llamado Fantasmas de Kurtag en el que recorre el archivo musical del húngaro.
Próximas entradas:
Tantanian y las
óperas imposibles
Fernando Fiszbein:
Rousseau y los perros de Trotsky
Lutoslawsky-Adez-Berio Oscar Strasnoy. Ópera, ideograma y filología
Las últimas décadas del siglo pasado (si alguna no lo
hubiera sido) fueron muy convulsionadas. En el ámbito de la cultura, con el
desarrollo de la cultura pop y sus múltiples y poliformes transformaciones
recorriendo y cambiando al mundo (al occidental, por lo menos) para siempre, ya
nada sería como fue. Unos seis años antes de mi nacimiento, Bernd Alois Zimmermann
estrenaba Die Soldaten. Hago
referencia al año de mi nacimiento, porque nací a comienzos de la década del ’70.
Nadie puede traer a su memoria a esa década sin pensar en el fuego de las
armas, la confusión y las viejas series policiales en una Manhattan que podía
ser cualquier gran ciudad (alguna de California o una lisérgica Londres) y sus suburbios: policías corruptos, música funk,
edificios plateados, delicadas chicas espías, etc. Detrás de esas ciudades imaginadas, el ardor de las
guerrillas latinoamericanas, el llamado por la violencia. Es lo que
primero se me viene a la cabeza al pensar en aquella época, la imaginación televisiva. Junto a otras imágenes
oscuras que tienen tanto de funerales militares como un nervioso y apretado
silencio. En paralelo, o quizás tocado de manera tangencial, ocurrió mi
infancia. Tenían que pasar más de quince años para que, en la década del ’80,
descubriera o empezara a oír algo sobre los “maravillosos” años sesenta.
Pero yo nunca viví la leyenda áurea de los ’60. Descubrí a
su piedra filosofal muchos años después, luego de una espiralada inmersión
musical (idas y vueltas, avanzando) escuché a The Beatles recién a mediados de
los ’90. Escuchar quiere decir, en este caso, asombrarse, maravillarse, etc., pero
la verdad es que mi “álbum blanco” no fue sino Substance (1987) de New Order. El disco que bailé en todas las
fiestas de mañana.
Bien, los oscuros ’70, los enloquecidos ’80. Y, claro,
los ’60 habrían sido los años del amor. Insisto, estoy siendo esquemático, para
mí, los ’60 eran la Velvet Underground, su lado oscuro. Mi formación musical,
que es lo mismo que decir, mi educación sentimental, siempre estuvo orientada
por la curiosidad y una relación muy fuerte con la música que me permitía
descrubrir al mundo una y otra vez. Y tuve suerte con las cosas que empecé a
leer en mi primera juventud para conocer música diferente a la que sonaba
siempre, siempre (“Escalera al cielo”, por decir algo). Así, una columna en una
revista para jóvenes que no recuerdo su nombre pero sí el de la columna, Corriente
Alterna, me descubría cada quince días un mundo musical divertido. La escribía
Pablo Schanton. La prosa de Pablo fue una de las primeras experiencias que tuve
con, digamos, la “literatura musical”. La literatura escrita por/para hablar de
música. Las palabras que juegan a acercarse al sonido. Literatura que me
obsesiona desde esos años.
En todo caso, hay un consenso alrededor de la alegría de
los años ’60, de su afán liberal, de la juventud en el centro de la escena.
Escena que oscurecerían los helicópteros a la carga en Vietnam (el otro día, un
importantísimo productor de televisión contaba cómo logró vender una serie
sobre la guerra de Vietnam utilizando en las promociones un tema de los Rolling
Stones que no sonaba en la serie ni siquiera de fondo en alguna escena).
II
Sea como fuera, la particular ópera Die Soldaten fue estrenada en su versión definitiva en 1965. A
mediados de la década del amor, en su cenit. Si de un lado está la imaginación
de la cultura pop, del otro encontramos a las segundas vanguardias musicales
(las de los veranos de Darnsmat, los Internationale
Ferienkurse für Neue Musik. La áspera y calibrada negatividad de dichas
vanguardias, su obsesionado rigor material, la erizada relación con la
sociedad, que el mismísimo Adorno había denunciado como más que fetichista,
reificada en los años ’60 (otra vez…).
Hablando de Theodor Adorno, hay una anécdota que cuentan
algunos biógrafos -que tiene algo de hagiográfico en el desconsolado encuentro-
en la que un grupo de jóvenes hippies interrumpen una clase del filósofo y lo
cubren de flores y gestos más o menos sensuales. Frente a esta escena, Adorno
se retira confundido y avergonzado. (También, hay otra anécdota en la cual,
frente a unos estudiantes revoltosos, Adorno llama a la policía). Lo que
muestra esta anécdota (real o no: verosímil) es la dificultad de ese tiempo contemporáneo.
Las vanguardias históricas, producto en cierta manera de la “emancipación” de
la tonalidad llevada adelante por la II Escuela de Viena y, especialmente, por
la obra de Anton Webern, exploraban los diagramas musicales más intrincados y
sofisticados, el “generalísimo Boulez” (según Taruskin) y Stockhausen eran sus
más célebres representantes. La complejidad y un juvenil ímpetu iconoclasta
marcaban sus orientaciones principales con respecto a la tradición musical. Como
a los técnicos que enviaron un cohete a la Luna con tres valientes e inconscientes
marines en la punta del artefacto espacial les debemos desarrollos que
modificaron las comunicaciones, A Stockhausen le debemos desarrollos que
cambiaron, también, la manera de hacer música en un ámbito más pop (como
registro iconográfico, baste mencionar su foto en la portada de Sargent Pepper, la música electrónica se
desarrolló con fuerza desde entonces, siendo uno de sus primeras
manifestaciones el vital Kraut alemán de los ’70).
A Webern lo mató un soldado aliado mientras fumaba un
cigarrillo, unas de las últimas declaraciones de Stockhausen fue con respecto
al atentado a las Torres Gemelas. En la improbable parábola que se inscribe
entre ambos acontecimientos, la llamada “música contemporánea” (nueva, en
tiempos de Viena) se toca con la guerra y la muerte.
III
En el comienzo fue Berg. El
enorme compositor vienés dejó para la posteridad una obra maestra, la última
ópera que nadie podrá volver a escribir jamás: Wozzeck. En ella, se pone en escena los desarrollos más sofisticados
de la segunda escuela vienesa, el atonalismo libre, el expresionismo, las
músicas cabareteras, las lúmpenes, el dodecafonismo, al romanticismo, mientras
asistimos a la degradación de una persona, o de dos, del soldado y de su mujer
(asesinada locamente bajo una luna roja) o de tres: el hijo de Marie. Quizá, Wozzeck sólo pone en escena el silencio
del niño, es de él de quien habla (y canta). No hay manera de leer ninguna
escena médica sin la densidad musical de esta ópera, así de experimental (en
términos de cómo la experimentamos) es esta ópera. Quedó como la madre de las
óperas del siglo XX. Su intensidad, su (llamémosle así) movilidad: de la gran
orquesta al grupo del suburbio, del dolor proletario a la sofisticación ciega,
no deja nada de lo humano sin interrogar, sin señalar su herida (y proponer la
sutura en la música). La otra ópera de Berg fue Lulu, una obra más estridente, cuya resolución no es el silencio de
un niño sino el grito de una puta. Más allá de las obsesiones del finisecular vienés
burgués, la figura endemoniada de Lulu es el devenir de las primeras (la
primera) figura del melodrama: la ninfa. Las sucesivas encarnaciones de
Euridice, cuya mirada es fundante de la escritura, fueron guerreras (el César castrato),
Orfeo mismo (en las óperas de Monteverdi, en las poetas barrocas, hasta en las
reformas de Glück), hasta que el romanticismo tensó el diagrama edípico y la
sombra fugitiva de Euridice corrió hacia el lied y la canción, para dejar lugar
al deseo masculino y femenino sobre el rumor oceánico de la orquesta (que
también será murmullo de insectos y fuerzas telúricas). Debussy representó
crespuscular (¿o era un amanecer?) a la ninfa perdida, entre el bosque sagrado
de Eleusis (de allí venía aturdida) y la ciudad moderna (los pobres que duermen
en la calle del II Acto: Il y a une famine dans le pays.../ Pourquoi sont-ils
venus/
dormir ici?) en una armonía cuyo centro era la fugitiva
ninfa (la niña que muere dos veces o que muere como un animal). Lulu venía a exhibir el cierre de esta
figura, su degradación como figura de circo, una hembra histérica y sádica. Lo
que es seguro es que se trataba de una figura lejana, bastante incomprensible y
lo que en Pelléas et Mélisande era
una armonía sin centro, ahora es el rugir de una fuerza ctónica (la obra de F.
Wedekind en la que se basa Lulu se
llamaba Erdgeist (El espíritu de la Tierra): la ninfa es
ese cantábile terrestre, el ritornello
de una naturaleza cantarina (aunque su encarnación no siempre fue sencilla,
pensemos en los castrati) que despierta la violencia en la convulsión
expresionista.
IV
Die Soldaten es
una aparición anacrónica de la ninfa rota, en tanto que esta ópera se inscribe
en su momento más crítico, de máxima lejanía que ya agonizaba en Melisande, pero no hay en
Zimmmermann “un cuarto de niños” como en (Arturo Carrera o ) Debussy. "Los
tiempos hubiesen sido normales -en el sentido en que lo fueron antes de 1914-,
la música de nuestros días se encontraría en una situación diferente"
escribió Schönberg en el año ’36: Zimmermann compuso esta obra en pleno auge de
la imaginación pop, las preciosas hijas del flower power y la erizada
vanguardia musical contemporánea, a su vez, es una obra expresionista, densa, desesperante. Sucesiva, consciente de ser, de alguna manera, un
vórtice temporal, comprobable en el escenario múltiple y las escenas
simultáneas. Zimmermann hablaba de la Kugelgesalt
der Zeit (la esfericidad del tiempo, podríamos traducir, o del tiempo
esférico). Escribe sobre formas musicales "clásicas" en las que hayinscripta una narratividad, por lo menos topológica (estructural) y cierra la
obra con una fuga (de muerte).
Marie, su protagonista, es una chica medio tonta,
enamoradiza, que está atrapada en una red militar (por lo tanto, marcial). La
imaginería de la ópera es anacrónica, las barrancas parecen más las barrancas
de soldados de la IGM que una contemporánea a la realización. Todo en esta obra
está muy marcado teatralmente, es una obra eminentemente teatral. Su primera y
última didaskalia son las óperas de
Berg con las que hace sistema, y con las que se coloca en la serie
Euridice-Lulu, en cierta cuestión histórica de figuraciones. Para Zimmermann,
una ópera moderna debía tener “arquitectura, escultura, música grabada,
televisión, circo, la comedia musical…”, es el logos de Berg. Esta insistencia en un momento musical se conecta
con una tradición (Bach). La música se carga de contrapuntos y su polifonía
crece en densidad: de ahí, el estruendoso comienzo del final de Marie (en el IV
Acto), simultáneo, espiralado, pesadísimo.
V
Fue extraño, y no tanto, ver esta ópera moderna en la sala principal
del Teatro Colón, ya que no había sido pensada para una sala "a la italiana"; sin embargo, esta sala posee una plasticidad fuera de tiempo (aunque me perdí de mucho desde mi ubicación). La realización de Pablo Maritano fue magnífica, casi me quedé sin aliento -yo estaba sentado en medio de una pareja de italianos- en el inicio del IV Acto, frente a todas las Marías del mundo. Los momentos
decimonónicos (la visita de la Condesa la Roche como comentario a la escena del
II Acto de La traviata), la orquesta desbordando el foso, subiendo por los
palcos laterales, el momento de “ballet” en el que los soldados golpean y
componen una fuerte percusión en la escena de la cantina, la escena rusa del
envenenamiento… esta ópera se pliega sobre sí misma y así sobre la ópera como
genero.
Se cierra en su marcha a ninguna parte, y ya nada más queda.
Demás esta decir que el desempeño de la Orquesta Estable
fue extraordinario, vibrante, y la dirección de Baldur Brönnimann (ya había dirigido a Prometeo de Luigi Nono en el Teatro) le imprimió
limpidez y claridad a la portentosa partitura escrita con sabiduría polifónica. Los
cantantes, la incansable Susanne Elmark como Marie, el infeliz Stolzius (Leigh
Melrose), el terrible Despostes de Tom Randle fueron un tríptico de miseria y
desolación. Destaco el humor –sí, algo así- de la escena de la Condesa en su
casa, patética y absurda.
Marie queda sola, abandonada, perdida. Pronuncia un grito
atávico. Y muere, con el mundo a sus espaldas.
Y, después, la sensación de haber presenciado un triunfo, y buscar en nuestra experiencia conmovida qué queda, qué resuena en nuestros
oídos, sangre y corazones al salir a la calle. En el año 2016.
DIE SOLDATEN
ÓPERA EN CUATRO ACTOS (1964)
MÚSICA DE BERND ALOIS ZIMMERMANN
LIBRETO DEL COMPOSITOR, TOMADO DE LA PIEZA HOMÓNIMA
DE JAKOB MICHAEL REINHOLD LENZ
Ni bien llegué a mi ubicación, vi la gran pileta en el escenario. No pude sino recordar la máquina escénica que había visto en el verano montada por Heiner Goebbels (Stifters Dinge). La obra de Goebbels me había parecido un gran comentario estético acerca de las tramoyas que, en general, están ocultas en el montaje de una obra teatral en una casa como el Teatro Colón. Ya sabía que, de alguna manera, la puesta en escena de Sasha Waltz formaba parte de cierto espíritu neo-clásico: una aproximación modernizada de las maneras clásicas con la gestualidad de lo contemporáneo. En principio, todo estaba bien: esta hemorsa "ópera" de Purcell no es una ópera de pleno rango -si hubiera tal cosa-, sino que todavía pertenecía al inestable mundo del melodrama, y que el inglés había escrito para la gloria del monarca inglés. De todas maneras, viendo el devenir del género melodramático, Dido y Eneas es la más operística de las realizaciones de Purcell y algunos señalan que pertenece de pleno a lo operístico. La puesta de Walzt venía a incorporar una forma moderna, "contemporánea" a la antigua obra: en ese sentido, se colocaba fuerte en la atención de esta representación.
Los vestidos de los primeros bailarines que comenzaban a caminar alrededor de la baranda colocada en la pileta (una gran pecera, estríctamente hablando), sus movimientos, todavía con las luces de la sala encendida, ya decían que esta obra no tendría una visión "arqueológica". En el foso (que apenas, lamentablemente alcanzo a ver su tercera parte desde mi pobrísima ubicación lateral), se preparaba una de las orquestas más venerables (como la llamó Federico Monjeau en su crítica, a la que le debo los mejores adjetivos de esta entrada) del mundo: la Akademie für Alte Musik Berlin.
Al primer acorde de la orquesta -la maravillosa orquesta-, un bailarín se zambulle a la pileta, seguido de una bailarina, y ambos bailan en la pecera una danza de acercamientos y distancias.
Al pathos de la escena, debido a los movimientos de los danzantes, la música ladina de Purcell, con su sabiduría barroca, sus procedimientos musicales inspirados en los humores del cuerpo, le brinda un ethos preciso y sofisticado. Es mortalmente abrumadora desde lo sentimental. Allí arriban los desposeídos a la costa de la espléndida (y enemiga desde la recepción romana) Cartago. Es imposible no emocionarse, no quedar sometido por la música: cosa que Purcell sabía y que por eso dedica al rey este canto al Estado,
Pero han pasado más de trecientos años, y las coyunturas políticas han quedado atrás. Son otros los sentidos que se desprenden del tejido textual y musical de esta obra (aunque G. Fernández Walker no dejó pasar cierta línea de sentido, asociada a la llegada a las costas de unos que huyen de la guerra). Mientras que Spregelburd destaca al "Lamento de Dido" como la única razón de la obra.
Puede ser, aunque creo que Rafael pareciera no entrar nunca definitivamente al mundo operístico, me causaron mucha gracia sus dos caracterizaciones del Teatro: "su estructura de obra vieja y macabra, su maldad de terciopelo". No puedo estar cien por ciento de acuerdo, pero es verdad que desde los laterales, la cosa se complica en el Colón. Lo cierto es que la ópera, aun de maneras transversales, continúa siendo (tal vez de manera crepuscular, definitivamente) un espacio de disputas más o menos político (el mismo Rafael ha escrito una "ópera hablada": SPAM), donde el lugar cantarín de la lengua la lleva a una expresión que desafía los límites mismos de sus territorios (pensando en las óperas nacionales, por ejemplo).
El sonido del bailarín zambulléndose en el agua fue amplificado por los mecanismos de terciopelo y crueldad acusticos del Teatro, y junto con el acorde de la orquesta generaron una resonancia "acuática" ante la cual era muy difícil sustraerse. Tan impactante fue escuchar ese golpe de agua al principio que, cuando en el final de la obra, dejaron tres velas encendidas en el piélago del escenario vacío (como lamento por la orgullosa reina Dido) todo se convirtió, de nuevo, en agua.
La interpretación musical, delicademente oculta entre los esplendores, a veces minimalistas (aunque me cuesta pensar a la danza como algo "minimalista") de los danzantes fue extraordinaria. El Colón es una sala decimonónica, un teatro "a la italiana" cuya voraciodad sonora es implacable -qué incómoda es mi ubicación, Dios; y no se escucha tan bien, si me reclino sobre el respaldo-: no tolera los sonidos desvalanceados, las emisiones dubitativas, el volumen que no sabe moverse entre sus cavidades. Una orquesta como la Akademie puede desafiar, desde el conocimiento absoluto de cómo se interpreta esta música, a esa sala enorme y, digamos, "seducirla" con el volumen, la intensidad y el ataque que puede compensar el empaste que esta música posee. Además de interpretar la algarabía palaciega de las ninfas con la bella oscuridad de la muerte de Dido. La voz de Dido (Aurore Ugolin) era tan oscura y profunda como su muerte de norte de África -un África tan idealizada como la de la novela El santo de Aira-, tal como uno, humildemente, pudiera desear. Eneas (Reuben Willcox) entregó una voz sólida, baritonal. Y Débora York cantó Belinda con toda la solidez que esperamos de ella. Todos los intérpretes musicales fueron extraordinarios, en suma. También, el coro Vocalconsort de Berlín, que sonó dinámico, perfectamente acompasado con la orquesta. Y la escena.
(Las tormentas infernales y marítimas, realizadas con trucos de la percusión me resultan, realmente, conmovedoras: veo -de hecho, es a quien mejor puedo ver, al percursionista (quien antes, preciso y bailarín había marcado los acentos de las danzas) golpear la placa trémula, soplar para agitar los vientos: esos alientos son muy operísticos, también.)
No es extraño que el lamento de Dido posea la belleza musical que posee, ni que sea una pieza tan célebre (que volvió del olvido en el siglo XIX): es consustancial a la ópera, a su caracter liminar, errante (atravezó el barroco temprano y el posrromanticismo, las naciones y las segundas vanguardias, siempre herida de muerte, como ninfa o mujer trágica. Hay un lamento de Euridice que vuelve siempre en la ópera, en su lamentarse de no poder ser tragedia griega, en su contenido sustancial a la expresión musical, como señaló alguna vez Deleuze.
La puesta de Sasha Walzt duplicaba a los cantantes en un juego de precisión teatral, una suerte de canon que se movía, a veces, sobre los motivos orquestales, a veces, sobre los hechos de la narración. Fue un poco injustificado un largo y bastante aburrido "interludio" de danza, pero en términos generales se trató de una lectura atrevida y comprensiva de una obra que se movía en el umbral de lo operístico y la coreografía.
Dido & Eneas
HENRY PURCELL
DIRECCIÓN Y COREOGRAFÍA: SASHA WALTZ
DIRECCIÓN MUSICAL: CHRISTOPHER MOULDS
AKADEMIE FÜR ALTE MUSIK BERLIN
Todo en esta ópera es una batalla. Batalla de Beethoven
frente a la máquina mozartiana, que había dado al género heroísmo, lirismo,
drama y abierto a la ópera a un universo simbólico muy moderno y, dignos, "novedoso". Batalla de Beethoven frente a sí mismo en el campo de la ópera: una composición forzada, otras ideas de óperas que quedaron en el camino, etc. Hay un
componente cronológico, un aspecto temporal que divide a Fidelio en dos (actos, pero también dos acontecimientos musicales que aparecen casi paratácticos), y que le da un algo arqueológico: por un lado, el clasicismo, el Singspiel, La flauta mágica, del primer acto; por el otro, la irrupción
romántica del segundo, en todo sentido. El tenor exclamando Gott!!! desde su
calabozo debajo de la tierra compone una una topología romántica: ir desde la oscuridad de las
instituciones, desde el lado oscuro del espirit
eclairé hasta la magnificencia del canto, si no comunitario, al menos
socialmente razonado, la armonía del mundo humano como utopía de las cadenas.
Esas catacumbas que pueden llegar a ser internas que deben abrirse. Ese segundo acto, dramático,
más o menos claustrofóbico, sería, para la generación siguiente, el futuro.
Florestán será el prototipo del Heldertenor, o así
lo quiso Wagner.
Una batalla en donde están presentes los rasgos
convencionales del género. El castrato, signo incandescente de las primeras
óperas, será Leonora, aquí: una mujer enamorada disfrazada de hombre, figura que aparecerá en tantísimas revoluciones políticas, una y otra vez. Una figura femenina de rasgos reverenciales.
Son convenciones del amor "lésbico y operístico" (pero es más que eso, es un amor más allá del género) las que prevalecen en el primer acto, Marcelina está enamorada de la
imagen fugitiva de Fidelio: es fiel a una sombra. Siendo Marcelina uno de esos
personajes que vienen a pelear desde la convención, se comporta como una
enamorada de algo que huye porque se le escapa hacia la puesta en escena de un nuevo ritual, el culto a la libertad. Leonora está allí para salvar a su
marido, no para enamorar a una chiquilla inquieta. Rocco, carcelero y padre
casandero en el primer acto, será un hombre llamado por la hospitalidad, por el
humanismo, en el segundo, frente al cuerpo sufriente de Florestán. En Fidelio, se ha dicho varias veces, hay un
desaparecido: Florestán es el registro operístico de formas de opresión por
venir, y todos los personajes de esta ópera son personajes tocados por el tiempo.
Fidelio, aun a
pesar de sus suturas (o precisamente, gracias a ellas) continúa
siendo conmovedora: es ella en sí misma, un melodrama poético, un protocolo de
sus problemas y posibilidades de experimentación. Si
la transformación sexual (por registro, por prohibición, por convención) era un
asunto de pleno operístico, en Fidelio la transformación tiene un objetivo: la
liberación de un orpimido. Un fin humanístico. Como si Beethoven estuviera discutiendo con la idea de
ornamento, imponiéndole una razón trascendente.
Tan obsesionada está Fidelio con la libertad prometida, que consigue resignificar esas
luchas en cada puesta. Su potencia temporal no es tanto lineal (pasado-futuro),
sino que parece más espiralada en el estilo (el autor) sobre las formas: Marcelina y Leonora son
algunos de los elementos que manifiestan esta característica, como señalamos en su amor no correspondido. Florestán
canta al Dios por venir y el pueblo aguarda la armonía de las individualidades.
Demás está decir que habría un “estilo tardío” en Beethoven, en donde las
convenciones sufrirán una nueva tensión que prefigurará la catástrofe (del mundo porvenir de esta obra).
El carácter excepcional de Fidelio (la única ópera de
Beethoven, la tensión estilística, las lecturas posrrománticas) lo percibí, en
cierta manera, en el desempeño de la orquesta. La escuché “distinta” a otras
veces. Utilizo las comillas porque, si bien hubo momentos en los que se
escucharon ciertos desbalances, la textura de esta música parece temblar y no
terminar de conformarse en su “tierra de nadie”, en la cual se desarrolla.
Sin embargo, esta noche se lució lo más importante. Los
bellísimos cuartetos y tríos: las voces, en suma. Porque si Beethoven estaba trabajando
en un registro sinfónico, en el cual la voz humana debería batallar con las
derivas de la orquesta, en esta ópera la voz es la entonación de ambos mundos: el
cantábile y el sinfónico. Las voces estiran las líneas de canto, la dinámica es
fuerte porque debe sobreponerse a una orquesta más bien forte que piano. De todas
maneras, hay momentos de intensidad expresiva en un piano delicado y melódico.
El silencioso final del primer acto, por ejemplo, la orquesta callándose con
una cierta melancolía, luego del canon, sobre las maderas, como si las formas del primer acto (el clasicismo del siglo XVIII) entraran en el
crepúsculo, definitivamente con esas notas en dominante.
Carla Filipcic Holm
como Leonora/Fidelio estuvo extraordinaria, ella posee, ciertamente, un timbre que
percibo con muchísimo agrado. Jaquelina Livieri, quien ya me había encantado en
Don Giovanni, compuso una Marcelina
preciosa. Y el ensamble de las voces (en el I Acto con Manfred Hemm –Rocco-, Santiago Bürgi -Jaquino- y Homero Pérez
Miranda –Don Pizarro- en el II) resultó muy equilibrado, claro en las líneas de canto,
ensamblado y tímbricamente muy bien texturado. Creo que, aun con los artificios de las puestas hipermodernas,
cuando los cantantes se alinean en el escenario, miran al frente y se disponen
a cantar, a devenir voz para tejer la estructura de esos números, la ópera es
más ópera que nunca: el drama de las voces en escena.
La puesta fue sobrecargadísima, no tengo mucho para decir. Fue
declarada como “atemporal” por parte del director de escena porque la lucha por la libertad, etc. etc. Aunque la
tanqueta me pareció un poco payasa, supongo que podría tratarse de una nota
irónica frente a la atmósfera paródica del primer acto. La tramoya hizo mucho ruido en la Obertura (y también lo hizo en la desconcertante Leonora 3 previa al II Acto).
FIDELIO
Ópera en dos actos y catorce
escenas (1805-1814)
Música de Ludwig van
Beethoven
Libreto de Joseph Sonnleithner, basado en el original
francés de Jean-Nicolas Bouilly
Hay una
frase de Pierre-Joseph Proudhon que me gusta mucho, de la que creo que nunca
me voy a cansar, que interroga uno de mis lugares preferidos: la sala de
conciertos. La frase dice
Así como amo elStabaten la iglesia en las tardes de
cuaresma; elDias iraeen la misa de difuntos; un oratorio en
una catedral; un toque de caza en los bosques; una marcha militar en un paseo;
asimismo, todo lo que está fuera de lugar me desagrada. El concierto es la
muerte de la música.
Desde su
perspectiva adorablemente anti burguesa, Proudhon veía en el concierto una
institución que estaba desligada de la vida. En un concierto, la música estaba
ausente, porque no había ninguna función vital, ninguna comunidad
presente: la música no estaba junto a los trabajos, religiones, rituales, donde
ilumina a los días con sus sonidos.
Yo no
puedo estar de acuerdo, pero su frase se me aparece siempre que voy a
escuchar un concierto como el del martes en el que se presentó el Cuarteto
Arditti en el Teatro Colón. Un cuarteto de cuerdas no es sino el epítome de la
“música pura”, de esa música que para Proudhon aparecía desligada de las
funciones vitales, sin bosque, sin catedrales, muerta.
El
cuarteto de cuerdas es la formación “más alta” –por decirlo de alguna manera-
de la música culta: lo mástopde lotop. Sobrio, integrado,
reflexivo, formal y camarístico (no le incumbirían las luminarias
espectaculares). Sus modales son la refinación y el buen gusto. Y sin embargo,
hay algo en la presentación de un cuarteto de cuerdas que es volátil y
peligroso: su arquitectura puede quebrarse en cualquier momento, su encanto
concentrado posee todas las maneras de la magia y nos obliga a una atención
fuerte y sostenida, una escucha despojada, a cuyo alrededor acecha el desastre.
Todo está sostenido por la red nerviosa de las cuerdas, por el equilibrio (y el
desequilibro) tímbrico y dinámico. El cuarteto de cuerdas es algo único
al que el intérprete le dedica su vida, el duro aprendizaje de empuñar el arco,
la posición corporal adecuada, además del estudio de la obra musical. Ahí está
la primera cuestión vital. El cuarteto de cuerdas es un animal nervioso que
respira y se desvanece en las manos de quienes lo sostienen, entrenados en la
durísima ascesis de la interpretación.
Tuve la
suerte -digo suerte porque nunca me había pasado- de presenciar el concierto en
un palco alto solo. No había nadie más en lo que esa noche era mi palco. Solo
esa noche de martes: sin más rumores que los del día que iban callando
para poder dedicarme a escuchar al pequeño grupo de músicos que se veían allá,
delante del gran telón, ubicados en el “proscenio”, al borde de la platea, en
el límite del escenario. No pude dejar de pensar en la teatralidad de todo eso.
Hay una gestualidad mínima, pero muy intensa, en el cuarteto que refuerza la
percepción de los sonidos. Los gestos que dan paso a las modulaciones,
intensidades, etc., los brevísimos o grandes cambios que se suceden en la
interpretación, muy delicados y breves, hechos con cierta vehemencia.
Esas indicaciones puede darlas el primer violín, o puede “dirigir” al conjunto
el violista: pero los gestos están ahí, como una danza solapada con su ritmo
sutil de miradas y movimientos.
La sala principal del Teatro Colón no es una sala de conciertos en sentido estricto. Sino una sala de ópera. Con lo cual, la presentación del Arditti potenció los "fantasmas de la escena".
Se trató
de un programa que incluyó dos cuartetos de cuerdas del compositor inglésBrian Ferneyhough. ElCuarteto N° 3–el primero en interpretarse- es una
pieza supersofisticada, donde cada intervención instrumental se desvanece, de
alguna manera, dejando paso a la siguiente en una sucesión de sorpresas que no
se integran en un registro melódico, digamos. Por momentos, en el fuerte tejido
instrumental, uno tenía la sensación de que estaba explorando los pliegues de
un instante. Una construcción montada sobre el punto de silencio que explotaba
el potencial del tiempo. Eso en el primer movimiento. El segundo se abre a
cierto movimiento, que el mismo compositor califica como una “colisión”: de la
textura al desgarro, podríamos decir.
ElCuarteto N° 4es sobrecogedor y muy hermoso. Es un
cuarteto cuyo “intertexto” es el Cuarteto N° 2 de Schönberg, que se
interpretaría en la segunda parte del concierto. En este cuarteto, Ferneyhough
suma la voz humana: una cuerda más que se integra al cuarteto. Este juego
provoca una relación de fuerzas muy conmovedora. La soprano Claron McFadden –de
una voz a cuyo grano no pude resistirme- fue una caja de resonancias de las
cuerdas y de los poemas de Ezra Pound que un poeta norteamericano (Jackson Mac
Low) “deconstruyó” –en palabras de Ferneyhough- hasta llegar a extremos
silábicos. Esta operación -en donde lo semiótico irrumpe sobre la serie
semántica del sonido- es un juego de cajas chinas: la música y la palabra se
establecen en la sonoridad, pero cada una se abre al sentido de diferente
manera. El poema de Pound caía en fragmentos semióticos en la gran textura del
cuarteto, mostrándose así como música. Los sonidos de la voz de McFadden
tocaban así el misterio de algo que podríamos llamar la “sonata de la lengua”.
Hacia el final, el cuarteto de cuerdas, la formación instrumental, deviene voz
en el silencio y la voz deviene cuarteto de cuerdas en la poesía.
Después
del intervalo, los cinco músicos volvieron para interpretar el Cuarteto N° 2 de
Schönberg.
En el
libroEl caso Scönberg,Esteban Buchrecupera las críticas de la noche del
estreno de este cuarteto. El 21 de diciembre de 1908 fue la noche delSkandalkonzert(de un amargo escándalo, señala
Federico Monjeau en el Prólogo, muy diferente al escándalo consagratorio de
París y Stravinsky, por ejemplo). En una posición más o menos paradójica, entre
la tradición y la vanguardia, la Escuela y la ruptura modernista, para la
historia, lo importante con este Cuarteto (así lo muestra el extraordinario
libro de Buch) es la cantidad de vida que se juega en su interior: vida privada
y pública. Sobre una forma consagrada –el cuarteto de cuerdas-, Schönberg
realizó una profanación. El Cuarteto es una crítica de dimensiones
descomunales, lleno de ruido y de furia.
En la tranquilidad y el silencio recogido (que no es más que una manera de
escuchar que terminó de instalarse para los conciertos públicos durante el
siglo XIX) con el que escuchamos esa noche este Cuarteto, no se escucharon los
combates (formales, críticos, corporales) que esta obra provocó allá en el
borde mismo de la catástrofe. Hay algo de crepuscular, sin embargo, que no
termina de ser en todo esto: todavía, en las armonías planetarias de este
Cuarteto, queda algo por resolver que hace que no se trate de una escucha
meramente museística, epigonal de otro mundo. Escuchamos en silencio, agazapados como presas, este juego
entre música, voz y texto. En esta música, permanecen huellas de un color
muy moderno y muy antiguo, como alguna melodía que escuchamos de niños y que aun llevamos con nuestras vidas en este tiempo turbulento y extraño en el que nos
tocó vivir. Que ahora escuchamos quién sabe desde qué imaginario, donde nuestras batallas se recortan sobre la voz que llega y (nos) dice.
Colón Contemporáneo, 03 de mayo de 2016. Sala Principal. Cuarteto Arditti
Irvine Arditti VIOLÍN I
Ashot Sarkissjan VIOLÍN II
Ralf Elhers VIOLA
Lucas Fels VIOLONCHELO
Entré al teatro el domingo a la tarde, a la última función, la función extraordinaria. Aunque defino a estas notas como un diario, no quiero extenderme en los motivos que me llevaron a buscar las entradas de los domingo a la tarde. Sólo diré que hay razones económicas en su sentido más etimológico, vinculadas a "la casa".
En fin. Domingo 20 de marzo por la tarde: el Teatro Colón. Busqué mi palco alto, el 9no. (los precios del querido Colón Contemporáneo me permitieron tal lujo), saludé amablemente a quienes ya estaban ubicados allí y me senté atrás de todo: faltaba muy poco para que comenzara Beatrix Cenci, la tercera ópera del compositor más universal (y local) de la Argentina.
Unos veinte años después de su última representación, volvía a ponerse en escena esta ópera oscura, tensa, compleja. Ópera en todo sentido: de un intenso aliento teatral (escucharla sin la escena es posible, claro, pero hay algo en su "parlar cantando" que hace querer ver). Cantantes y orquesta fueron extraordinarios. Las presencias vocales y escénicas fueron impecables. Leonardo Estévez como el conde y Daniela Tabernig en el papel de Beatrix -esa consonante al final del nombre, muy difícil de no leerla hoy, en el contexto de la escritura rioplatense, como un impacto, una marca violenta que clausura un nombre, una identidad (aun desde la perspectiva del género de aquellxs que escriben así para abrir la marca de género- estuvieron a la altura de esta función extraordinaria. Así también, el coro: ¡qué difícil el endemoniado final, tan polofónico, tan voluminoso!
Dese el palco alto central vi todo una vez más. A la orquesta Estable, enfrentada a una partitura muy compleja. Y vi la escenografía.
La puesta de Alejandro Tantanian causó -un módico, por supuesto- revuelo: un aire varieté, una travesti de altura colosal, el ambiente orgiástico de atmósfera de años '80 del siglo pasado y -¡oh, perversión de perversiones!- los genitales masculinos, bamboleandose de aquí hacia allá, generaron muchos "dislikes" en una obra cuyo motivo no puede ser más perverso. Tantanian realizó una puesta, digámoslo así, clásica en términos teatrales: no forzó especialmente la dramaturgia, sino que la utilizó más o menos inteligentemente con decisiones justificadas y sin caer en el mero yupismo o el derrotero epigonal del gran Peter Sellars. La escena más intensa en cuanto a desnudos y desenfrenos sexuales se refiere es la de la recepción en donde el conde se revela como una auténtico piscótico, excesivo perverso: la suma de seres desenfrenados en el ardos sexual parece un comentario, no tanto una marca realista como una genealogía, del exceso que acecha en todo poder. No creo que el poder se base en la violación familiar como leí por ahí: pero sí hay algo de abuso latente en cualquier poder, que en tiempos renacentistas podía estar claramente presente (los palacios no tenían pasillos, la refinación monetaria todavía tenía maneras más o menos violentas en la institución urbana). Esa violencia resuena -y la resonancia no es sino una persistencia- en cualquier encarnación en la que se jueguen relaciones de poder. En ese sentido, el marco jurídico de la puesta también estaba justificado: un ciudadano "respetable" puede sufrir "la presión impositiva" (que lo puede dejar en la ruina), mientras que otros "ciudadanos" pueden conocer al poder estatal sólo en su forma policíaca, represiva. El palacio de Tribunales -el Colón es un palacio ubicado enfrente- es el palacio en donde se juega la burocracia de este arco represivo: causas, expedientes, etc. El palacio es la residencia de un conde, sea un palacio renacentista, un palacio operístico, un palacio de tribunales: bien ahí, Tantanian.
De todas maneras, insisto: no se trató de una dramaturgia que se apartara demasiado (no se apartaba, de hecho) de los modos operísticos, pitos más, pitos menos. Y el entramado con el texto estuvo muy bien orientado.
En lo personal, considero un acierto definitivo el abrazo del lobo con el niño. Ambos, monstruo y niño, de pie en el proscenio, son el extremo de la humanidad. Cenci es un monstruo que desea domar los perros que atormentan sus sueños (un monstruo que sueña con monstruos). El niño es la música, en donde esta historia terrible se desarrolla. En la música, hay cierta redención, un más allá que excede a lo humano (para Messiaen, para Deleuze, la música está en la naturaleza): una reconciliación. De allí, uno puede aceptar ese (improbable) abrazo. No se trata de polaridades (esto o aquello), sino de polarizaciones e intensidades, de diagramaciones. En este sentido, el mismo texto de la ópera lo dice (y quisiera retomar aquí la idea de un renacimiento violento, no tan refinado como su museo): "los alaridos de nuestra época serán escuchados como madrigales en el futuro". El cuerpo ensangrentado del conde, con reflejos borravino y purpúreos como los tapizados de localidades y cortinados es otra lectura acorde al fortísismo simbolismo de la obra, cuyo anacronismo es delicioso: "te recuerdo de aquella tarde" le dice el enamorado a Beatrix con un inconfudible porteñismo.
Federico Monjeau, en una entrevista realizada a Tantanian, señaló esta dualidad de Ginastera (que, también, se la escuché mencionar a su hija): cómo relacionar la figura pública -el maestro compositor, el ferviente católico- con el autor de tres óperas cuyo eje está colocado en los aspectos más perversos y espectaculares de la criatura humana. Ninguna institución sale bien parada: Estado, Iglesia, Familia, todo está manchado de sangre, de sangre íntima. Para algunos, se trata de un comentarista moral a la manera de Hitchcock, aquel director que asesinaba rubias bellas (Ginastera se le parece bastante). Esta lectura pop podría acercarse a una solución: Ginastera confiaba en que la ópera era la escenificación de las pulsiones de muerte, no un juguete meramente agradable. Como un moderno exégeta de los relatos que Charles Perrault recuperó de los márgenes del palacio, sabía que los cuentos de hadas son crueles, intensos, simbólicos. Lo maravilloso vendría dado por lo musical. El padre devora niños, el poderoso asesino de mujeres más o menos inocentes (desde Euridice a Carmen: ninfa y gitana), es un ritornello que insiste en la obra de Ginastera. Un tema clásico. Ginastera sería un maestro, un padre musical, y uno de sus grandes temas es la castración, la salida de la transmisión familiar.
Lo hizo con cierto horror, pero lo hizo.
Para acompañar lo biográfico, esto es un diario a fin de cuentas, diré que Beatrix Cenci fue estrenada en Washington en 1971, el año de mi nacimiento.
Nota: Esta entrada del diario está hecha con los tuits que publiqué desde antes de que me enterara de que el Teatro Colón iba a poner en escena Parsifal. Desde el día que supe que iba a ser puesta hasta que finalmente asistí a la ópera (al festival sacro etc.), pasaron muchas cosas en mi vida. Sin ir más lejos: nació mi hija. También, durante ese tiempo, ocurrió un suceso muy infame que me impidió realizar una suplencia en la cátedra Siglo XX de la UBA, a la vez que me puso frente a mis limitaciones (enormes) en el ámbito académico.
Sucedieron muchas otras cosas, muchísimas.
Saliendo de lo estríctamente biográfico, el 11 de diciembre -el día que asistí a ver Parsifal- fue "el día después" del gobierno kirchnerista y el primer día del nuevo gobierno del ex alcalde de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.
La importancia de una obra como Parsifal me amedrentó: ¿qué podía decir un diletante como yo de semejante acontecimiento? Decidí entonces buscar en Twitter qué había escrito sobre Parsifal en ese par de años y me encontré con la alegría, la sorpresa y la incertidumbre. No recordaba muchas cosas. La noche que vi Parsifal fui intensamente feliz.
Parsifal. Una de las experiencias más intensas de la modernidad. Para bien y para mal. El 11 de diciembre nos vemos. -teatro_colon-parsifal_0_1477652783.html
La luna, muy feroz y transparente llamaba a los perdidos, como siempre a la fiesta de los cañaverales. Mancha de sangre en el cuento del nazareno. ¿Es la sangre, la primera? Torcemos con amor el vuelo de los pájaros. Ella es bien bonita, sabe herir a los pendejos. Tenemos que dormir en una calle abandonada. Es fácil engañarnos, algo como nuestro celo se da en cualquier lugar: Vi a los guazunchos cerca del Bermejo temblar, entre los pastos y la ruta, alto y furioso Chaco de la sangre.