Un lamentable incidente (wrong number)

Y ayer fui a buscar un libro a la Librería Hernández.
Y me colgué, y me puse a ver libros infantiles para ver si le regalaba uno a una personita de un año que quiero mucho.
Los libros, en la LIBRERÍA HERNÁNDEZ, tienen un folio bastante molesto, que parece pura perversión, pero no: entiendo que se trata de un pequeño negocio, que compra y vende libros con esfuerzo, y que no quiere que se les rompan por interminables manoseos. En la Librería Hernández, nunca había tenido ningún problema con el asunto de sacarles el forro para mirar los libros tranquilamente.
Así estuve un rato... No había muchas novedades entre los libros para niños, pero me había entusiasmado con la idea de llevar uno de regalo.
Pero, de pronto: ¡un oscurecimiento!
Un empleado en plena carota que dio comienzo a esta linda conversación:
-¿Necesita algo?
Yo le respondí con una sonrisa:
-No, gracias; nada en especial, por ahora.
Y como ví que su mirada tenía el brillo de los botones furibundos, continué como para tranquilizarlo:
-Estoy buscando un libro para regalar, pero no me deci...
-El gerente me dijo que lo atienda. Que lo atienda, repitió con la expresión severa.
Y me terminaron echando.
Pero antes, había pedido hablar con el gerente que sospechaba de mi (esa entidad que este señor citaba).
Y la respuesta fue siempre la misma: "No le puedo brindar esa información".
O sea, yo decía: "quiero hablar con el gerente" (estúpido gesto pequeñoburgués, creo que a eso le siguen frases como "¿acaso mi dinero no vale?") y él me contestaba:
"No le puedo brindar esa información".
Estaba nervioso. Él, y yo también, porque pensé: "Bueno, ya me acusaron, empezaste mal el día, ¿qué importa si revoleas estos libros?". Pero en fin, no soy un juguete rabioso...
Antes también, cuando intenté que el ridículo incidente terminara, él me dijo que le pidiera permiso para quitar el forro de mierda (el de los libros, digo), y se quedaba parado a mi lado.
Desde que vivo en Bs.As., la LIBRERÍA HERNÁNDEZ había sido un lugar al que le tenía un particular cariño. Allí, he comprado muchos libros preferidos, y siempre regresé a la librería para buscar nuevos títulos.
En sus anaqueles miré con asombro el precio del Libro de los pasajes, por ejemplo, y cuando trabajaba en un boliche de música brasilera que queda a la vuelta (miércoles, y todo el fin de semana), iba y me compraba un libro antes de descender -literalmente, trabajaba en el subsuelo- a un infernal guardarropas.
Sé que tengo aspecto de pobre orgulloso y siempre preocupé a los padres de familia celosos y a las viejas chotas de Caballito (ni hablar en el barrio de Belgrano, que me mandaron la policía un par de veces), y sé que las cartas del humanismo no están dirigidas a mi sino como saetas del mercado, objetos de consumo, espejismos.
Pero no pensaba que podía asustar a emisarios de gerentes de librerías amigas.
Nunca te robé un libro, Librería Hernández, ni lo haría.
Siempre te banqué, ante los desoladores e ignorantes emporios como Yenny y las superasquerosas librerías internacionales.
Saludos a la CADRA.
6 comentarios:
Hay que empezar a chorear; total, el estigma de ser negro ya lo tenemos. Darle la razón a la gente es signo de buena educación.
es cierto, no debería faltarles el respeto
un crimen, un castigo -de narvaez
Hace siglos, en Hernández -y en otras librerías también- te atendía un librero de ley, con el que se podía hablar de los clásicos, de las vanguardias, de la poesía íntima. El libro venía con la charla amistosa como plus. Ya no quedan o quedan muy pocas librerías así (hace poco en una sucursal de Cúspide me enredé en una conversación sobre Lezama Lima y Virgilo Piñera con alguien así). Sólo hay vigilantes sin palabra ("no puedo brindar esa información"); no sea cosa que se caiga el papelito de la alarma. La paranoia del "delito" y "la inseguridad" llega hasta el último anaquel.
tal cual, eso sentí: la forrada de la inseguridad, ¡qué mamertos! (pero me puse mal en serio)
Ay ay ay, estas son las cosas que le rompen a uno el corazón - y los huevos -. Un bajón, supongo que es un signo de los tiempos. Pero hay que vivirlos, y cuando los pequeños refugios de siempre fallan...en fin, vaya mi solidaridad de lector. Y el gil ese que se chupe una pija.
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