Hardcore 5: Ritornelo
[Pablo] no dijo: Vidi arcana verba, ni menos: Gustavi arcana verba, sino: Audivi arcana verba, quae non licet homini loqui. Y es como si dijera: oí palabras secretas, que al hombre no es lícito hablar. En lo cual se piensa que vio a Dios también, como nuestro padre Elías en el silbo.
San Juan de la Cruz - Comentarios a "Cántico espiritual".
San Juan de la Cruz - Comentarios a "Cántico espiritual".
1
"Cuando un niño está solo y siente miedo, silba" dejaron escrito Deleuze y Guattari al comenzar a desenredar una madeja compuesta de Naturaleza, Música, Arte y canciones que algunos pajaritos bailan para enamorar o darle gracias a Dios (Messiaen), al tiempo que dura y vuelve cada vez diferente ("1837. De ritornelo"). Las las voces naturales que en bloques espacio-temporales (la piel, las estaciones del año...) se distribuyen cada vez de manera diferente, creando funciones y necesidades en cada metamorfosis. Una escritura de dobleces (ese es el estilo de D. y G.) donde cada línea arroja sombras sobre la siguiente, donde cada frase hace sombra y en su contorno hace figura la luz. O mejor dicho: cada sonido es una claridad vibrante que se vuelca en el tiempo y el espacio. Ayer escuchaba con alegría música que hoy me entristece. Hay vibraciones que se desprenden del mundo y hacen resonar cada latido de los corazones a ritmos diferentes. El cuerpo es la cifra de la salvación, la caja negra. La resonancia de los medios (los instrumentos) al silencio es siempre diferente: si se trata de una sinfonía mahleriana la que calla, o las potencias incandescentes de un recital multitudinario, o las cuerdas vocales 'a capella', o la vida. El viento que pasa entre las hojas (ese tópico) enseñó a silbar. Una música callada/ una soledad sonora son los plieges miméticos de nuestros oídos en la escucha.
2
La retórica de Deleuze es otra cosa. Pero, al momento de escribir -¿cuál es el tiempo de ese momento, el de la escritura?- se hace necesaria una retórica: un juego de escisiones* y decisiones –por ejemplo, las que controlan las cacofonías-, una manera de hacer que depende de la música verbal (los arcanos materiales que dominan la música de las palabras en cada idioma). La disposición de un texto literario, filosófico, hace o quiere hacer legible una porción del mundo. Necesita de los pies delicados que entran en la tierra y el pasto cubierto, verde, delicado y acolchadito que esconde serpientes y ponzoña. La famosa anécdota de Joyce contándole a Jung que había descubierto un método para escribir a la manera en que su hija afásica hablaba. Joyce había descubierto (o inventado) una manera de nadar, de andar en el mar que atormentaba a su hija. De cruzar el espacio y hacer una costa, una orilla. La respuesta del esotérico discípulo de Freud tiene la potencia de una respuesta legendaria: “Donde usted sabe nadar, su hija se ahoga”. Joyce había logrado ritmar, territorializar (no clausurar) una potencia de locura, le había asignado un tiempo a la palabra, había logrado silbar. Dio una voz, aunque no fuera suficiente.
*Heridas, sólo heridas. El arte, también. Todo lo que hacemos lastima.
"Cuando un niño está solo y siente miedo, silba" dejaron escrito Deleuze y Guattari al comenzar a desenredar una madeja compuesta de Naturaleza, Música, Arte y canciones que algunos pajaritos bailan para enamorar o darle gracias a Dios (Messiaen), al tiempo que dura y vuelve cada vez diferente ("1837. De ritornelo"). Las las voces naturales que en bloques espacio-temporales (la piel, las estaciones del año...) se distribuyen cada vez de manera diferente, creando funciones y necesidades en cada metamorfosis. Una escritura de dobleces (ese es el estilo de D. y G.) donde cada línea arroja sombras sobre la siguiente, donde cada frase hace sombra y en su contorno hace figura la luz. O mejor dicho: cada sonido es una claridad vibrante que se vuelca en el tiempo y el espacio. Ayer escuchaba con alegría música que hoy me entristece. Hay vibraciones que se desprenden del mundo y hacen resonar cada latido de los corazones a ritmos diferentes. El cuerpo es la cifra de la salvación, la caja negra. La resonancia de los medios (los instrumentos) al silencio es siempre diferente: si se trata de una sinfonía mahleriana la que calla, o las potencias incandescentes de un recital multitudinario, o las cuerdas vocales 'a capella', o la vida. El viento que pasa entre las hojas (ese tópico) enseñó a silbar. Una música callada/ una soledad sonora son los plieges miméticos de nuestros oídos en la escucha.
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La retórica de Deleuze es otra cosa. Pero, al momento de escribir -¿cuál es el tiempo de ese momento, el de la escritura?- se hace necesaria una retórica: un juego de escisiones* y decisiones –por ejemplo, las que controlan las cacofonías-, una manera de hacer que depende de la música verbal (los arcanos materiales que dominan la música de las palabras en cada idioma). La disposición de un texto literario, filosófico, hace o quiere hacer legible una porción del mundo. Necesita de los pies delicados que entran en la tierra y el pasto cubierto, verde, delicado y acolchadito que esconde serpientes y ponzoña. La famosa anécdota de Joyce contándole a Jung que había descubierto un método para escribir a la manera en que su hija afásica hablaba. Joyce había descubierto (o inventado) una manera de nadar, de andar en el mar que atormentaba a su hija. De cruzar el espacio y hacer una costa, una orilla. La respuesta del esotérico discípulo de Freud tiene la potencia de una respuesta legendaria: “Donde usted sabe nadar, su hija se ahoga”. Joyce había logrado ritmar, territorializar (no clausurar) una potencia de locura, le había asignado un tiempo a la palabra, había logrado silbar. Dio una voz, aunque no fuera suficiente.
*Heridas, sólo heridas. El arte, también. Todo lo que hacemos lastima.
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