Las cosas que se ven en el cielo, mi cielo
Nunca pensé que cosas tan serias tenían que ver conmigo.
Hace ya más de una década cuidé durante un mes la casa de un médico en Palermo. Una casa lindísima, por la calle Borges. El doctor era especialista en pacientes con HIV. Encontré en su habitación una caja grande que estaba llena de libros de ciencia ficción. Durante mi estadía, leí muchísimos títulos del género: El día de los trífidos, Soy leyenda, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Más que humano, El juego de la rata y del dragón... la colección Minotauro, en suma. Crash, El mundo sumergido, alguna bosta de Asimov, etc. Leía hasta las tres de la mañana, más o menos, y antes de dormirme miraba por cable dos capítulos de la serie Dragon Ball. Alcancé a ver la saga (unos 5 años) completa: Dragon Ball, Dragon Ball Z y Dragon Ball GT. Debo decir que el ámbito de mi hospedaje, la casa de un médico reconocido en el trato con enfermedades, potenciaba la imaginación científica orientada hacia la fantasía mórbida (propia del género).
Pasó mucho tiempo y dejé de lado ese background imaginario (esa caja llena de libros, ¿por qué los tenía en una caja?) que se articulaba con mi infancia hecha de protestantismo suburbano (tiempo después, llegaría mi alegre conversión), capítulos de Cosmos (perla cósmica, irremediablemente ochentera) y alguna que otra revista de OVNIS (¡las cosas que vemos en el cielo!).
Parte de la pequeña casa donde vivía mi abuela era de madera, y estaba casi enteramente cubierta por una enredadera que en verano se llenaba de flores naranjas y blancas. A esa gran planta acudían unas hormigas negras que (no estoy exagerando) por las consecuencias de su mordida les llamábamos "carnivoras". Cuando cortaron esa planta, no volví a ver a esas hormigas, que eran una especie de colonia superviviente, resto de la fauna de llanura sobre la que Adrogué se asienta.
En verano me quedaba a dormir en esa casa.
Por la mañana, la naturaleza imitaba a veces algunas de cosas que leía en los libros o soñaba, con una arquitectura hecha de luz, rocío y telarañas. (Apariciones, de György Ligeti -quien buscaba una forma de salir del serialismo, del hechizo de la forma-, está compuesta como la interpretación de un sueño, un sueño con telarañas).
Es que hoy estaba leyendo la introducción (muy buena, escrita por Pablo Gallardo y Gabriel Livov) de Alternativas de los posthumano. Textos reunidos, de Oscar del Blanco (Caja Negra, 2010): una mixtura filosófica de imaginación teológica post-soviética, comunidades experimentales (incluída, claro, la URSS), manipulación técnica, subjetividades mosntruosas, cyborgs, control mundial, perros pavlovianos, últimos días de Lenin y el comunismo, cosmonautas... Mientras leía, escuchaba este recital de Navidad de Harlan T. Bobo, un músico de Memphis y como dice Valery: "... la música arrastra con ella una forma de vida que nos impone mediante lo físico". Las canciones pantanosas, decoradas con esos instrumentos electrónicos vintage (sonidos del espacio exterior1 y viajes espaciales, más que arcángeles expresionistas* fui arrastrado hacia estas órbitas de recuerdos y lecturas.
Y recordé el comienzo de un cuento (el autor se llamaba Vladimir Dudincev) que integraba una antología llamada Lo mejor de la Ciencia Ficción Soviética: "Yo vivo en un mundo de fantasía, en un país de fábula, en una ciudad creada por mi imaginación". A la luz de algunos elementos de la introducción (la aldea que le regalaron a Pavlov para realizar experimentos hacia el final de su vida), esta frase me pareció ilustrativa para ese espacio experimental que fue la Unión Soviética. Yo vivía en una especia de URSS de mi imaginación. Pero la URSS fue una fábula técnica (hay un libro que habla de la experiencia soviética como una Obra de Arte Total).
Los viajes espaciales sacrificaron muchos animales al culto tecnológico: la más conocida fue Lajka, pero hubo monos, más perros... René Girard tiene una teoría, que llama "mimética" y que profundiza en las relaciones entre sociedad, religión y sacrificio. La convivencia con los animales es un motivo de las utopías milenaristas de secta yanqui, aparece en los horrorosos panfletos de los Testigos de Jehová. El cielo y los viajes espaciales tienen una imaginación animal.
Pablo Cappana en Los señores de la Tarde describía el andamiaje de la obra de un autor de C-F que él tradujo y que, sin duda, me gustaba más explicado por su divulgador que sus narraciones. Aunque -como ocurre con ese género- hay imágenes de aquellos relatos que tienen toda la trasluciferación de la poesía. Cordwainer Smith, de él se trata (seudónimo de Paul Linebarger, hombre de la CIA en China, era un especialista en el lavado de cerebros a niveles poblacionales: la llamada "guerra psicológica"), escribía narraciones que se pretendían pre-cervantinas, esto es: pre-modernas. Era como si se tratara de rememoraciones futuras de un pasado antiquísimo. Ese pasado era el futuro. Un futuro que había atravezado ya tres Eras Espaciales. En una de esas Eras (creo que en la Segunda), la humanidad había logrado viajar en el tiempo gracias a un combstible que permitía aprovechar ciertas torciones... bueno, eso. Ocurre que la energía acumulada en los viajes producía unos fenómenos letales para los cuerpos y las mentes, que -para simplificar- eran llamados dragones. Finalmente, se descrubre que los gatos pueden percibir -con la sensibilidad de animal de presa- la formación de estos fenómenos, ayudando a aniquilarlos. Así se constituye una especie de hombre animal-máquina-humano para viajar por el espacio (llamados los guardianes, algo así).
Del cuento que narra esto recuerdo los trajes de terciopelo azul de los guardianes, y la memoria mestiza del protagonista, que combinaba recuerdos propios con la mente de un gato gordo, vago y sucio. La tierra era gobernada por una institución aristócrata y científico-filosófica llamada La instrumentalidad. (En un pueblo de Corrientes a orillas de la represa Yaciretá, Ituzaingó, llaman a la gran empresa binacional "la Entidad".)
En Mimesis (ese libro sabio), Erich Auberbach recorre las maneras en que la literatura occidental intentó "la interpretación de lo real por la representación literaria o 'imitación'" (señala que la la primera brecha en la teoría clásica "había sido la historia de Cristo, con su mezcla radical de cotidiana realidad y de tragedia, la más elevada y sublime"): y comienza en "La cicatriz de Ulises" con "la emocionante y bien preparada escena del canto XIX, en la cual la anciana ama de llaves Euriclea reconoce a Ulises, de quien había sido nodriza, por la cicatriz en el muslo". No digo que se trate de cicatrices, aunque a veces haya alguna herida; pero estas marcas (libros, revistas, series de TV, canciones, música, casas, poesías) nos devuelven una imagen de nosotros; en la que nos reconocemos, realistas, arrebatados por lo que fuimos, lo que seremos y esa inestable entidad que somos. Ballard lo sabía: los viajes espaciales se terminaron con las maquetas de 2001, Odisea del espacio.
¡Fantastic cat!

Nunca seré (¡qué más quisiera!) como esas chicas japonesas, overeducated y snob que hacen música con los restos de una cultura que es y no es la suya.
Bueno, voy a seguir leyendo...
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1 Aunque nunca fui muy fan de las películas de C-F clase B.
* Me gusta esta anécdota sobre el encuentro del expresionismo centro europeo con la explosión pop: en un programa de mano para un concierto de su Segundo Cuarteto de Cuerdas, Schönberg anota que los versos de S.George -Ich fühle luft von anderem planeten/Siento el viento de otros planetas- eran un "anticipo de los viajes espaciales" y no ya una expresión de éxtasis desesperado. Para Adorno: "Es inconcebible lo que se le hace a ese poema de George si el éxtasis que se expresa se confunde con las experiencias, evidentemente bastante modestas, de los astronautas guiados automáticamente". A mí me encanta ese encuentro expresionista con el cosmos sideral.

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