14.8.10

Sylvia Plath - Tulipanes

Los tulipanes son muy excitables, es invierno aquí.
Mirá qué blanco está todo, qué quieto, qué nevado.
Aprendo a estar tranquila, yaciendo sola, quieta
como la luz yace sobre estas paredes blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.
He dado mi nombre y mi ropa a las enfermeras
y mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

Han puesto mi cabeza entre la almohada y la sábana
como un ojo entre dos párpados blancos que no se cerrarán.
Alumna estúpida: lo único que puede es tragar.
Las enfermeras van y vienen, no molestan:
pasan como las gaviotas pasan con sus cofias blancas,
haciendo cosas con las manos, son una igual que la otra,
así que es imposible saber cuántas hay.

Mi cuerpo es un guijarro para ellas, lo atienden como el agua
atiende a los guijarros al pasarles por encima, puliéndolos delicada.
Me traen adormecimiento en sus agujas brillantes, me traen el sueño.
Ahora me he perdido a mí misma enferma de equipajes ---
Mi caja de charol de noche como un pastillero negro,
mi esposo y mi hija sonríen desde un retrato familiar;
sus sonrisas se meten en mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

He dejado que las cosas se deslizaran, una barca de treinta años
obstinadamente colgada de mi nombre y dirección.
Me han borrado y limpiado de mis asociaciones amorosas.
Asustada y desnuda en la camilla de plástico verde
veía mi juego de té, mis armarios de ropa blanca, mis libros
hundirse y desaparecer; y el agua cubrió mi cabeza.
Soy una monja ahora, nunca he sido tan pura.

Yo no quería flores, sólo quería
yacer con mis manos hacia arriba y quedar totalmente vacía.
Qué libre es esto, no tenés idea de cuán libre es ---
La paz es tan grande que te aturde,
no pide nada, una etiqueta con tu nombre, algunas chucherías.
Es a lo que se acercan los muertos, finalmente: los imagino
cerrar sus bocas sobre esto, como si fuera una hostia.

En primer lugar, los tulipanes son muy rojos, me lastiman.
Incluso a través del papel de regalo podía oírlos respirar
suavemente, a través de sus envoltorios blancos, como a un bebé horrible.
Sus rojos le hablan a mi herida, y ella les corresponde.
Son sutiles: parecen flotar, aunque me hunden.
Trastornándome con sus lenguas súbitas y sus colores,
una docena de plomadas rojas alrededor de mi cuello.

Nadie me observaba antes, ahora soy observada.
Los tulipanes me miran, y desde la ventana encima mío,
en la que cada día la luz lentamente crece y lentamente se afina,
me veo a mí misma, chata, ridícula, la sombra de un papelito.
Entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes
no tengo rostro, he querido borrarme.
Los vívidos tulipanes se comen mi oxígeno.

Antes de que ellos llegaran el aire estaba bastante calmo.
Entraba y salía, en cada respiración, sin alboroto.
Entonces los tulipanes lo volvieron un ruido fuerte.
Ahora el aire choca y se arremolina alrededor de ellos, como un río
choca y se arremolina alrededor de una máquina roja oxidada.
Llaman mi atención, que fue feliz
mientras jugaba y descansaba sin comprometerse.

Las paredes también parecen estar entibiándose.
Los tulipanes deberían estar detrás de rejas como animales peligrosos:
se abren como la boca de un gran gato africano,
y sé de mi corazón: que abre y cierra
el cáliz de su roja floración por amor a mí.
El agua que pruebo es tibia y salada como el mar,
y viene de países muy lejanos como la salud.


Tulips, S. Plath

3 comentarios:

cleopatra dijo...

Qué cosa esto de la muerte...

Te beso. Magnífico poema

carla dijo...

qué hermoso

la traducción es tuya?

Diego C. dijo...

*
Sí, Carla. Tiene algunas cosas para trabajar, claro; es una, digamos -ya que es una palabrita que vine usando ultimamente- traslación.

*
Beso, Cleop.