Con cierto barroco en la voz
La lengua del mundo está cansada y seca. Hoy en día, hay muchas agrupaciones que se dedican a intepretar música del siglo XIII, por ejemplo.
Hace un tiempo que la música barroca se ha vuelto POP.
Hay cantantes extraordinarias, de voces aterciopeladas, espesas, ¡Uy!, voces preciosas, capaces de encarar alguna coloratura sofisticada, pero por sobre todo, capaces de sostener la sensualidad y concavidad que cualquier manifestación que lleve el adjetivo *barroco* debería poseer.
Barroca es la afinación de delicados descentramientos.
Como hablamos español castellano en América, sabemos (lo sabe nuestra manera de escuchar el canto de las aves, el fluir de los ríos) escuchar el don de esas voces. La violencia crece cada día más, se repite y el anillo espiralado se vierte sobre todas las cosas: es así, y no lo podremos cambiar. Algunas víctimas son dolorosísimas. Otras victimas son estas cantantes que toman la voz y pronuncian ese gesto tan barroco y moderno: “una confusión de los natural y artificial” (Girard).
La escritura barroca (Vivaldi escribía música para ser interpretada por huérfanas de un internado; esas chicas eran intérpretes casi sin subjetividad, como las bestias) es una escritura de umbrales. La escritura barroca es contemporánea de América: incomprensible sin los Virreyes y sus traiciones, los fantasmas de imperios telúricos, los sincretismos.
Más allá de sus vestidos de color borravino con los que deben presentarse (hace poco vi una chica cantando canciones de Schönberg y Adorno y Berg en la Biblioteca Nacional, Virginia Majorel, y como no voy a ensayos, me pareció más linda que en las ropas casamenteras de un recital “en serio”), una cuestión de modas, el sacrificio que cometen con la voz es una batalla que me enamora. Hay un pequeño problema, una cuestión de desfasaje entre el cuerpo que canta la música y la imagen de ese cuerpo. Reconozco que se trata de una cuestión de gustos.
“El canto no sirve sólo de remedio a la angustia; el canto que pertenece a la vez a Apolo y a Dioniso, (...) el canto que libera-desata realmente, permite abandonar el sí individuado y la “vergüenza” que provoca en su transcurso y, en ese sentido, nos rejuvenece. (...) El canto re-crea. (...) Todo canto es nostalgia del Canto que crea, y sólo por eso puede recrear” [1].
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