Roto
Teatro San Martín - Homenaje a Luigi Nono en el XXº aniversario de su fallecimiento.
En una recital de música contemporánea se puede encontrar (no) mucha gente: intelectuales, gente mayor, muchos músicos jóvenes, diletantes (¡hola!) y snobs (¡hola, hola!). Los músicos son -lo escuché decir en la Biblioteca Nacional que lo dijo Deleuze- como seminaristas: poco sociables, de claustro y -debido a la sofisticación- de dedos livianitos y delicados. Esto no quiere decir que no haya músicos brutos, exagerados o vehementes; más vocingleros, al estilo futurista. No los vi nunca, pero debe haber. En general, suelen ser apocados, muy educados; hablan en voz baja, son flaquitos y magros.
Hay muchos músicos en estos conciertos, como hay muchos poetas en los recitales de poesía. (Aunque, severo, el Diario de Poesía nos alertó sobre aquellos poetas que leen poesía y nada saben de su arte -de sus técnicas, historia, materiales, etc.-, cosa impensada en un concierto.)
Un festival de música contemporánea es, digamos, una arena de atletas intelectuales.

"La música es la más esotérica de las artes".
Toda obra musical es como la poesía de Vallejo (en el mejor de los casos) o algunos libros de Joyce (casi siempre): a la transparencia (Vallejo) o oscuridad (Vallejo-Joyce) podemos acceder, pero exige una cierta... ay, cómo decirlo... ¡sí!: lectura atenta, critica (en la música moderna, el papel del crítico es insoslayable) que ilumine una perspectiva, un espacio de transfiguraciones.
Mientras nos desmayamos de amor, o de terror; o buscamos esa Imagen que la música contemporánea nos niega y que es terrorífica en su semblante; mientras nos entregamos a la imaginación (y la desintegración en la forma de la pieza), en esta música hay una serie de elementos formales, modos de construcción muy elaborados, cuya presentación crítica estimulan el juicio.
¿Tanto espíritu, acaso?
Con el arte de las palabras, es fácil querer dar guerra (las palabras mienten, provocan); pero en la música, el significante es el sonido, que se descompone en el aire, y que, sin embargo, puede herir y desaparecer a la vez que blindarse en nuestro interior hasta doler; puede estremecernos, y resultar insoportable.
El significante musical es el sonido y es, por lo tanto, pura forma. La música esconde todas las metáforas en sí misma; puede abrirse en y desde la forma, sobre las huellas de nuestra mente y nuestro cuerpo.
Como decía una vieja canción de los '80:
What's on your mind? Pure energy.

Sobre esas marcas, huellas (el sonido es el índice de otra cosa; lo dice Barthes y lo predica Quignard: el sonido de la presa, de la muerte a distancia), se establece una cultura musical, una cultura atlética.
El músico (el intérprete) es un atleta desconsolado; debe afinar (ser preciso) y lograr conmover (al espíritu, esa cosa tan corporal).
El cuerpo del intérprete se somete a la escritura (musical): el intérprete contemporáneo interpreta obras realizadas a partir de los restos de la estética clásica. Con Beethoven, la música dejó el aspecto cantabile, para abrirse a lo que no puede ser escuchado (la sordera de Beethoven es una consecuencia mítica del origen de la Nueva Música): ya no es ni música abstracta, ni música interior; sino que se trata de una "inteligibilidad sensible". Dice Barthes, colocando en un mismo plano las categorías platónicas como un signo inabarcable, nuevo, contemporáneo.
En el Festival de Música Contemporánea -en verdad, es Ciclo; pero me gusta la idea de festival-, el martes 23 de noviembre se interpretó una obra para cuarteto de cuerdas sometida a las rasgaduras del silencio: de Luigi Nono, "Fragmente - Stille, an Diotima" (1980). El Diotima Quatuor se sometió a "exteriorizar completamente aquello que está internalizado", como dijo Nono sobre esta obra dedicada a la más clásica de las formaciones. Formación sobre la que Beethoven imprimiría también la catástrofe tardía, "...buscando en lo más íntimo del corazón", cambiando la relación con la música para siempre.

Diotima es muchas cosas, la maestra del silencio, el tiempo, el amor imposible y sublimante de Hölderlin. Casi nada. Lo digo en serio, casi nada. Diotima es la realización del avatar romántico, ese silencio hacia el que la voz se dirije, "lo más íntimo" que yace sola y aislada en el mundo", la promesa de una reconciliación íntima y final. El sufrimiento silencioso. Lo que salva. Fragmentos: quien haya escrito algo acerca de Hölderlin sabe que hay un "infierno filológico" en sus textos. Muchas versiones, muchos fragmentos, himnos sin terminar, una vida fragmentada (una vida dañada). La obra de Hölderlin, tal vez más que ninguna otra del siglo XIX (también su obra está parte en el XVIII y parte en el XIX), es una obra que pide una lectura, un gesto de creación capaz de integrar una obra hecha de fragmentos filosóficos, ruinas antiguas, orientada al futuro en su comienzo, rota al fin.
La interpretación del Diotima Quartour fue, creo, extraordinaria. Esta música (tan lejana al himno, a la canción, a la cantabilidad) es una praxis y sólo desde la realización de su objetivo puede considerarse alguna valoración. El silencio fue desde siempre un elemento musical, y desde el siglo XX se ha profundizado el trabajo con él (¿cuántos silencios hay, uno sólo?) desde muy diversas técnicas, modos, obras: Cage, La Monte Young, la II Escuela de Viena, etc., etc., etc. En una ciudad sería imposible tener una actitud vital con el silencio; y tal vez haya sido la vida moderna (ruidosa, frenética, nostálgica) la que orientara a la producción musical a radicalizar la relación con el silencio. Kafka se había preguntado por el silencio de las sirenas: ¿había algo allí? ¿O como Ulises, los músicos pretenden escuchar lo que calla? ¿Cuál es la voz del silencio?, Josefina, Diotima.
Hay algo de duelo en un concierto como el del martes. Silencio (¡ops!), poca luz, austeridad (los músicos del cuarteto de cuerdas estaban vestidos con camisas y pantalones grises y medias y cinturón rojísimos, muy lindo el detalle de vestir bien). Un duelo que, como todo duelo, puede ser un nuevo comienzo. O nada, la interiorización de la vida. Es el viejo pantano de Schopenhauer -como dice Silvio Mattoni en Koré; la "esencia pantanosamente ética" de la música (digo yo), que nos acerca a la voluntad del mundo. Aquel principio de individuación puesto en jaque por la música, que proclamaba Nietzsche al comienzo de su obra (El origen de la tragedia).

¡Cómo crujía el aire cuando los músicos quitaban las crines rotas de los arcos!. Cuando terminaba el cuarteto, mis oidos zumbaban, se escuchaban los motores de los colectivos (en verdad, el rumor de los motores), algunos restos diurnos, y las agujas del reloj de quien estaba sentado a mi lado, como un tiempo pulsado que volvía por lo que es suyo (¿el sujeto que soy en el tiempo?).
En esta obra, el silencio y el sonido se superponen; se relacionan en una rítmica particular.
Ahora, al finalizar la ejecución, deberíamos aprender (Nono era un músico comunista, es decir, alguien que creía en la teleología; aunque su comunismo se parece a mi catolicismo) a escuchar el silencio. Como dice Sloterdijk que dice Fichte para quien: "aprender significa, según eso, someterse a una cura magnética en la sala de clase, en estado de éxtasis de atención [en eso estábamos, un éxtasis de atención], exáctamente igual que los sonámbulos de Puységur, cambiar la autoconciencia vulgar por un ser lúcido irradiado, en el que el yo se entienda como organo de Dios en el mundo". (Esferas, trad. de I. Reguera, Madrid, Ed. Siruela, 2003, pg. 238). A veces me siento muy pasivo frente a un concierto, por eso esta cita.
La idea de irradiación es la que me interesa, la música de Nono (la interpretación del Diotima Quartour) era una irradiación; quienes escuchábamos debíamos leer esos fragmentos que se esparcían en el silencio y producían algo que todavía no sé si ocurrió: una práctica nueva, sin resto; sin oyentes. Que la música pueda ser una forma totalmente vital. En fin, lo que Barthes ya decía: "lo inteligible como sensible", la Diotima celestial y la humana. El matrimonio del Cielo con el Infierno.

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NOTA: Leyendo acerca de la obra de Nono, me entero que hace utilización de un "escala enigmática" atribuida a Verdi, que el músico utilizó en el "Ave María" de sus 4 piezas sacras. Lo que me tranquiliza, porque el sábado voy a ver Falsfatt al Colón, y me parecía que lo mío era insostenible. Por suerte, una extraña serie musical une estas obras y no me voy a poner loco.

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