Diario del Colón 6 – Ti confiderò che io vorrei essere scrittore di musica (Le nozze di Figaro, 20 de agosto)
Cuando llegué al
teatro, la función había comenzado hacía unos veinte minutos (se
había adelantado media hora sin aviso) y por lo tanto tuve que
sentarme en el extremo lateral de la galería: la franja ciega del
teatro, desde donde no se ve el escenario, salvo alguna mínima línea
del proscenio -con lo cual se alcanza a ver el zapatito de alguna
cantante (Rossina y Susanna eran encarnadas por dos hermosas mujeres)-, media orquesta (la graciosa orquesta mozartiana) y, sí,
la cúpula y las localidades (los detalles del techo, las torciones
del clasicismo estatal) a pleno que parece un precipicio tipo Matrix
o cualquier utopía negativa de
control social. Desde esa posición, el artificio y la
voluptuosidad onírica de la ópera se me revelaba a pleno: ahí, al
borde de la atención (y la desatención, muchos cuchichean y sacan
fotos) estaba la orilla del gran espectáculo del siglo XVIII, como
un ruido de fondo, la música de Mozart se me parecía a una promesa
que no llegaba a articularse, aquella promesa de una vida sin
angustia era un sonido que insitía ajeno a mi incomodidad y mal
humor.
Al
finalizar el primer acto, pude correr a mi asiento. Pero la
experiencia de la distanciación
había ocurrido: educado sentimentalmente por las ostranenie,
el extrañamiento del formalismo ruso, ya había quedado a una
prudente distancia del acontecimiento teatral y se me había
presentado como una rara especie del mundo. La ostranenie
es
mi “nobleza”: la sin nobleza (snob)
que
heredé de aquel grupo de investigadores literarios que vivieron,
sufrieron y pensaron en el marco de la dictadura del proletariado.
Esa sensibilidad, aprendida en las lejanas primeras horas de cursada
en Letras, es una unidad mínima de luz que quería acercarse a la
potencia específica de lo poético. Un intento de dar con el metro
que Apolo
impuso al fluir de las ninfas.
Entonces,
me sentí extrañado frente
al fenómeno visual, sonoro y social del que estaba participando. Y
estaba frente a Mozart, el menos dramático de todos los músicos que
ama la pequeña burguesía. “El menos implicado” en el desastre
del que hablará Pasolini. Aquellas palabras se referían a Aldo Moro
en el “Artículo de las luciérnagas” (publicado en Escritos corsarios), pero la matriz de
pensamiento es la misma. Mozart es el músico preferido de los
teatros líricos del mundo, del gran espectáculo de la burguesía.
Las
bodas de Fígaro es la más burguesa de todas las óperas de
Mozart. En ella se plantean, a partir de la obra de teatro de
Beaumarchais, los conflictos de la clase burguesa con los poderes de
la nobleza (representados en el conflicto Fígaro/Almaviva). El
libreto de Lorenzo Da Ponte, quien morirá en Estados Unidos, es un
nervioso vaivén de suspicacias, veleidades, divertimentos de armario
(ah, el travestismo y, más allá todavía: el devenir mujer, tan
importante en esta ópera, en toda la música, por lo menos hasta
1830) y de rondas a las que la burguesía vienesa -madre de toda
burguesía- sería tan afecta.
Con
respecto a la relación música/letra, en un antiguo manual de música
leí una vez que en Cossi fan tute (la
última ópera en colaboración Mozart/da Ponte -ópera que es un
destilado de deseos en el marco de jóvenes en edad de merecer, donde
las máscaras de lo entrevisto son el semblante de lo que se desea)
las palabras dicen todo el tiempo “mentira”,
mientras que la música dice
“verdad”.
La
música nunca miente, es cierto. Y eso es terrible: Ein
jeder Engel ist schrecklich (Todo
ángel es terrible) escribió Rilke.
Tiempo después, Pasolini escribió en Poeta
de las cenizas (¿Quién soy?)
que quería dedicarse a la música en una torre de Viterbo: la música
no miente. Mozart no miente, Mozart (el niño, el músico, el hombre
que recorrería casi toda Europa en interminables viajes para
deleitar a marquesitas y emperadores) no mentía: podemos leerlo en
sus cartas, y no lo hacía, tampoco, en sus óperas; no minitió
frente al emperador, ni ante su padre.Desde
la perspectiva pequeñoburguesa, Mozart siempre fue un “ángel”:
el ángel de la música.
Por eso me encanta cuando Pasolini escribe:
Por eso me encanta cuando Pasolini escribe:
Mi
madre tuvo que rebajarse a trabajar de criada por un tiempo.
Y ya nunca me curaré de este mal.
Porque soy un pequeño-burgues y no sé sonreír…
como Mozart…
En una película -que titulé “Pajarracos y pajaritos”-
intenté, es cierto, la ópera bufa, la ambición suprema de un escritor,
pero sólo lo conseguí a medias,
porque soy un pequeñoburgués
y tiendo a dramatizarlo todo.
Y ya nunca me curaré de este mal.
Porque soy un pequeño-burgues y no sé sonreír…
como Mozart…
En una película -que titulé “Pajarracos y pajaritos”-
intenté, es cierto, la ópera bufa, la ambición suprema de un escritor,
pero sólo lo conseguí a medias,
porque soy un pequeñoburgués
y tiendo a dramatizarlo todo.
Mozart
no dramatizaba, no mentía, no era un pequeñoburgués. Y era la
ambición suprema del joven Pasolini. En esto pensaba, mientras veía
esta representación de Las bodas... extrañado y triste.
El
final del segundo acto de esta ópera es una máquina musical
extraordinaria, en esa recámara (una recámara, el espacio a donde
Erich Auerbach fue a leer la técnica narrativa realista) donde el
joven y caliente Cherubino, un “angelito” encendido de deseo
sexual, quiere saber qué cosa es el amor (Voi che sapete),
tiene lugar un juego de apariencias y acusaciones cruzadas
encantador. Mozart escribió para dicha escena duos, tercetos,
cuartetos... hasta un septeto para las voces, voces que se seducen,
se mienten, se atraen y se disfrazan; mientras la música se mueve,
sólo como la música puede hacerlo, de manera oregánica, acentuando
con su ritmo natural (la música es asunto de los pájaros) lo
escandido por la palabra.
En
esta recámara que es el escenario de ópera, la música imprime un
tiempo, si no maravilloso, inusual y hospitalario al que escucha.
Pues
bien, antes de dejarte te confesaré
que me gustaría ser escritor de música,
vivir rodeado de instrumentos
en la torre de Viterbo que no consigo comprar,
en el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto
habría enloquecido de dicha al verse recreado con tanta
inocencia por robles, colinas, aguas y barrancos;
y allí componer música,
la única acción expresiva
quizá, alta e indefinible como las acciones de la realidad.
que me gustaría ser escritor de música,
vivir rodeado de instrumentos
en la torre de Viterbo que no consigo comprar,
en el paisaje más hermoso del mundo, donde Ariosto
habría enloquecido de dicha al verse recreado con tanta
inocencia por robles, colinas, aguas y barrancos;
y allí componer música,
la única acción expresiva
quizá, alta e indefinible como las acciones de la realidad.
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