El caballo de Marcel Duchamp
Como el ajedrez, el imaginario
operístico del siglo XVIII le brindó una potencia a la novela de Aira, le ofreció un territorio y una encarnación de lo musical
que no es mera anécdota, sino que
realmente ofrece una relación entre literatura y música dinámica y
abierta. La indeterminación (musical) de los sexos es la gramática
de una escritura enigmática, muy cercana al error y la errancia:
¿qué somos está vez? El texto se asume como canto
castrato, como falta, como el caballo de Duchamp. El juego de
lo que falta (en este caso, el varón) está presente en tanto polo
de atracción de la escritura (la voz de la mujer). Espacio que
parece vacío, y donde lo escritura corre con ventaja para contar la
música callada. La voz del castrato es un misterio y una falta. Voz enigma -hoy
interpretada por mezzosopranos, contratenores o contraltos- que continúa
allí; y en esa falta, late y suspira la literatura.
En Canto castrato, Aira no hizo
más que recorrer la huella imaginaria de esa falta. De la voz del
castrato no nos queda casi nada más que el desconcierto
tenebroso de una práctica perdida -las interpretaciones actuales que
deben interiorizar la castración, como decía Roland Barthes: las
contraltos y mezzosopranos deben enfrentarse al “devenir guerrero
de la mujer” (cantan roles masculinos escritos para castratos:
Aquiles, Alejandro, César, capitanes romanos, etc.), mujeres que
tienen que devenir mujer, según
el plano de expresión de las obras que interpretan. No
podemos dudar de la capacidad de la voz castrato de fabricar deseo:
Las
sopranos y altos tienen la voz situada mucho más abajo en el pecho,
se creería que casi en el vientre, en todo caso cerca del sexo. Se
supone que los castratos obtenían un efecto tan irresistible sobre
sus auditores no solo porque su voz fuera una de las más bellas,
sino porque al mismo tiempo estaban cargadas de un intenso poder
erótico. Toda la savia que no tenía otra salida en su cuerpo,
impregnaba el aire que expulsaban de sus bocas, con el resultado de
trasformar esta cosa, habitualmente aérea e impalpable, en una
materia pulposa, mullida. Mientras que los contra-tenores ingleses
ignoraban que tenían sexo, o que podrían tener uno, los castratos
italianos hacen de su canto un acto carnal y completo de expulsión,
simbólico del acto sexual del que su voz traiciona la dolorosa y
voluptuosa impaciencia. Los sonidos que salen de su garganta poseen
una consistencia -relleno relleno- esos muchachos “hacen el amor
por medio de su voz".
La escritura como esa
producción deseante. Para devenir niño, hay que pasar
por la operación italiana del castrato. Más allá del
“convencionalismo” de la alta cultura y el “filtro
californiano” (su parodia) que serían el punto de partida, según Aira, de su novela, o los mismos años ’80 del siglo pasado (que eran muy siglo XVIII: pensemos en el look de Duran Duran, en la
película Amadeus, de Milos Forman), es la materia deseante de
la voz castrato la que impuso a la escritura la necesidad de su forma musical.
Silencio y música, canto castrato: la forma de sonidos y luces que traza el caballo de Marcel Duchamp.
1
¿Quién podía imaginar que, de cierta manera, hasta una obra como
La pasión según San Mateo es una obra indeterminada en cuanto a
los conjuntos musicales que la interpretan; si uno escucha la
versión de Paul McCresh frente a las untuosas versiones alemanas de
los ’50 se encontrará con masas sonoras muy diferentes en cada
caso.

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