Hardcore 7: Lamentación y paranoia
Las pirámides de Egipto o de México, los palacios imperiales o reales,
los templos y las catedrales no cesan de ser ganados por un sueño
que no puede adormecerlos del todo ni entregarlos
a una libre existencia de ruinas que pueda constituir otra vida,
una metamorfosis e incluso una metempsicosis,
como sucede cuando la ruina se contenta con fundirse en su paisaje
o en otra construcción, sin penetrar en la memoria monumental.
J.L. Nancy. Tumba de sueño, trad. H. Pons, Buenos Aires, Amorrortu, 2007
los templos y las catedrales no cesan de ser ganados por un sueño
que no puede adormecerlos del todo ni entregarlos
a una libre existencia de ruinas que pueda constituir otra vida,
una metamorfosis e incluso una metempsicosis,
como sucede cuando la ruina se contenta con fundirse en su paisaje
o en otra construcción, sin penetrar en la memoria monumental.
J.L. Nancy. Tumba de sueño, trad. H. Pons, Buenos Aires, Amorrortu, 2007
*
Estos últimos días he estado levantándome muy temprano para ir a trabajar. Pero ayer volví a casa y quedaba tiempo del amanecer. Natalia y Simón seguían durmiendo. Yo había cruzado el parque y vi que el cielo estaba en un estado de semivigila, digamos. En el azul había restos de la rosada aurora, una luna bellísima, muy blanca y grande. Como si fuera una huella de la noche en retirada en el esplendor del sol. Un cielo entre apolíneo y dionisíaco. Una astronomía leve es la del cielo a esa hora. La luz del sol viene a barrer las fogatas, soles, ángeles, ausencias que son las estrellas y otros fenómenos nocturnos. Y su misma aparición, produce lagañas estelares, estertores de la noche amada en el alba.
Cuando llegué a mi casa, me puse a escribir una idea que se me había ocurrido mientras caminaba. Si prendo la computadora, es seguro que despierto a Simón. Entonces, tomé un cuaderno que estaba por ahí y con un lápiz de calidad muy mediocre comencé a escribir.
Me sorprendieron dos cosas: cómo me costaba escribir con lápiz -era un esfuerzo- y el ruido que hacía la mina al desplazarse sobre la hoja. Un sonido que pensé asociado al sentido de lo que escribía. ¡Qué raro...!, ese rumor que traducía mi pensamiento (más allá de lo poco destacable que éste fuera) estaba asociado a lo que pensaba. ¿Será verdad? ¿Hay manera de creer que ese sonido, el de las letras (y mi caligrafía) que estaba escribiendo (dibujando), era el sonido de mi pensamiento en el mundo?
El día ya había tomado su lugar en la batalla, y me acordé de este poema chino de A. Laiseca:
Escribiendo un poema
Escribo este poema con una delgada varilla de junco;
la tinta, al deslizarse, produce un ruido ensordecedor.
La clarividencia otorga deslumbramiento
y un pequeño dedal de malaquita
crece hasta contener el Río Amarillo.
En la pared de mi cuarto
está la vieja pintura de una rosa bermellón;
ese inofensivo objeto neutro e indoloro
me aturde con el insoportable perfume de miles de flores.
Todo eso has producido en el corazón de quien espera.
Hwang Tsi Lie. Dinastía Chou.
En ese rapto paranóico (habrá sido un reflejo, de la cacería de jovencitos que hace la bella Eos; "el momento en que más frecuentemente mueren los hombres de fiebre", R. Graves), escribí algo así:
Lamentaciones
Tal vez no haya algo tan íntimo y final como esta música breve. Ni siquiera sé si es música o un álgebra que se oye antes de hundirse en el silencio. Pero el álgebra no está abandonada (o amenazada) al silencio. Es música. Es un lamento. Al escucharla, siento el roce de un edificio sagrado, la ruina de algún lugar sagrado, el aliento fugaz de una plegaria muy breve, o más bien una respiración. Los sonidos que utilizó Webern son como los pájaros que hoy vi volar en el parque, cerca de las ocupaciones del día y tan lejanos. Especies (en el caso de Buenos Aires, especies traída de otras regiones; en el de Webern, de la Europa central). Los pájaros sostienen un ritmo del mundo, ajeno al ritmo de la humanidad. Benjamin decía que hay que callar los sueños hasta no estar completamente despiertos, porque los órganos internos tardan más en alcanzar el día y pueden quedar hechizados de las cosas soñadas. Esta música es un humito, que comienza con un vitral temblando y lo que queda en el aire de la luz rota.
La música más sofisticada (la demoníaca música asquerosa, según Lai) es un espasmo. un suspiro donde resuena una lejana batalla de la Gran Guerra. Es apenas audible, y quienes la deben interpretar deben ser intérpretes muy formados, disciplinados y serios. Tan complejo es pronunciar (apenas) el silencio.
Cuando llegué a mi casa, me puse a escribir una idea que se me había ocurrido mientras caminaba. Si prendo la computadora, es seguro que despierto a Simón. Entonces, tomé un cuaderno que estaba por ahí y con un lápiz de calidad muy mediocre comencé a escribir.
Me sorprendieron dos cosas: cómo me costaba escribir con lápiz -era un esfuerzo- y el ruido que hacía la mina al desplazarse sobre la hoja. Un sonido que pensé asociado al sentido de lo que escribía. ¡Qué raro...!, ese rumor que traducía mi pensamiento (más allá de lo poco destacable que éste fuera) estaba asociado a lo que pensaba. ¿Será verdad? ¿Hay manera de creer que ese sonido, el de las letras (y mi caligrafía) que estaba escribiendo (dibujando), era el sonido de mi pensamiento en el mundo?
El día ya había tomado su lugar en la batalla, y me acordé de este poema chino de A. Laiseca:
Escribiendo un poema
Escribo este poema con una delgada varilla de junco;
la tinta, al deslizarse, produce un ruido ensordecedor.
La clarividencia otorga deslumbramiento
y un pequeño dedal de malaquita
crece hasta contener el Río Amarillo.
En la pared de mi cuarto
está la vieja pintura de una rosa bermellón;
ese inofensivo objeto neutro e indoloro
me aturde con el insoportable perfume de miles de flores.
Todo eso has producido en el corazón de quien espera.
Hwang Tsi Lie. Dinastía Chou.
En ese rapto paranóico (habrá sido un reflejo, de la cacería de jovencitos que hace la bella Eos; "el momento en que más frecuentemente mueren los hombres de fiebre", R. Graves), escribí algo así:
Lamentaciones
Tal vez no haya algo tan íntimo y final como esta música breve. Ni siquiera sé si es música o un álgebra que se oye antes de hundirse en el silencio. Pero el álgebra no está abandonada (o amenazada) al silencio. Es música. Es un lamento. Al escucharla, siento el roce de un edificio sagrado, la ruina de algún lugar sagrado, el aliento fugaz de una plegaria muy breve, o más bien una respiración. Los sonidos que utilizó Webern son como los pájaros que hoy vi volar en el parque, cerca de las ocupaciones del día y tan lejanos. Especies (en el caso de Buenos Aires, especies traída de otras regiones; en el de Webern, de la Europa central). Los pájaros sostienen un ritmo del mundo, ajeno al ritmo de la humanidad. Benjamin decía que hay que callar los sueños hasta no estar completamente despiertos, porque los órganos internos tardan más en alcanzar el día y pueden quedar hechizados de las cosas soñadas. Esta música es un humito, que comienza con un vitral temblando y lo que queda en el aire de la luz rota.
La música más sofisticada (la demoníaca música asquerosa, según Lai) es un espasmo. un suspiro donde resuena una lejana batalla de la Gran Guerra. Es apenas audible, y quienes la deben interpretar deben ser intérpretes muy formados, disciplinados y serios. Tan complejo es pronunciar (apenas) el silencio.
Anton Webern - 3 Pequeñas piezas para cello y piano (III)
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