8.8.09

Korshunova




Hay una luna enorme detrás del edificio
que parece inmóvil, pero ¿es lento
el cielo? ¡No! Es un rayo, ya pasaron 4
días de Semana Santa. La luna
devoró sus distancias, y mañana en la radio
habrá malos pronósticos. Dos días
en los que las religiones hicieron sus paces.
Vimos una banda de predicadores -Bad Seeds
pero pobres, en un Volkswagen (auto
del pueblo), celeste modelo ’71.
De trajes grises y negros,
camisas blancas, cantaron a Dios
en el parque, nos parecían una película
de los Kaurismaki, medio ebrios de amor santo.
Había una chica joven
en la ronda, con pollera negra y musculosa
violeta oscura, los hombros muy lindos.
Tenían instrumentos viejos por los que algunos
psicoroqueros pagarían buena
plata, parches de cuero, batería
chiquita, un sonido de guitarra que sonaba
a la misa del judío
Leonard Berstein, o al disco Mondo Cane
de Mike Patton: música de otra parte.

Una noche leí poesía en el abasto
con un pibe de europa oriental
(europa del este: para dormirme,
a veces pienso que viajo por una
estepa de la europa central, ¡ja!,
aunque sé que hoy las chicas más jóvenes y lindas
de la pornografía
mundial son rusitas muy flacas, de ojos
transparentes como las tractoristas
soviéticas de los sueños
de Castelnuovo). Él tocaba el acordeón, era
delicado y gordo, tomaba vino,
y yo: cerveza. Él cantaba
lindo, estaba aprendiendo a bailar salsa.
Hablaba de los paisajes, y yo leía “me
obsesiona la superficie la siesta, de esas
jovencitas profundas
y frágiles..”, atrás de mí, por una ventana
que daba a la cocina
entraba mucho ruïdo -yo estaba
afónico, pero tengo un vozarrón, y una
chica sentada al lado
del novio se tapaba la oreja
cuando yo leía: “las tres deben desmayarse
del calor que hace”, y refunfuñaba.

Esas canciones eran citadas, como el cuerpo
lindísimo de la hardcore-
pentecostal era citado en la eléctrica
moral de su congregación, de manos
levantadas, hechas radares místicos,
que le ponían el pecho
a las ondas divinas
de Dios, y esa chica de pelo lacio
y largo y negro, manos bien arriba
al asalto de un cariño velado.
Ella escucha una frase musical
que tiene un sabor blanco: una amiga
tiene más o menos la misma forma,
la misma contextura que la frase:
es fuerte y dulce y la sostiene, mientras
las cosas cambian
de lugar. Hay violencia
en todas partes.
La sala del hospital le parece
Islandia: luces
fluorescentes y los vestidos de ambos
celestes, son
ríos o nubes
de un continente
“de esta sala, de mí.
Abro y cierro los ojos, son un brisa helada,
aunque sus instrumentos
navegan en la piel,
son mapas de mis impulsos vitales”.

3 comentarios:

alejandro mendez dijo...

ahhhh, bueno, bueno...bellísimo poema, del principio al final.
Salute caro poeta. Ni olvido ni perdón, quiero mi carballar, ya (perdón por la aliteración)...jajaja

Diego C. dijo...

gracias, alejo.

sale m. para tu casa, pero la bici tenía mal el gps y se perdió, pero te llega segurooo

alejandro mendez dijo...

jaja...buenísimo. e.c.a.m. (espero con ansias a misiones)

ale