Concierto de Año Nuevo - Orquesta Filarmónica de Viena - Director: Gusta...
So ängstlich sind wir nicht!
So ängstlich sind wir nicht!
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sinestesia,
Toros
Estoy solo en casa. Hace tiempo que no veo a mis amigos. Estoy escuchando –con muy mal sonido, como hace veinte años o más- un disco, no importa de quién, podría ser el disco de Franco Fagioli, contratenor tucumano, dedicado a arias de óperas rossinianas. Hace poco, entregué un texto sobre la ópera castrata, aquella ópera popular que predijo el mundo del espectáculo y las estrellas internacionales, a la vez que puso en escena a un puñado de cantantes desesperados, hijos de la tierra, en la composición musical. Podría ser ese disco, dedicado al Cisne de Pesaro, uno de los últimos operistas que escribieron para aquella voz, “el tercer sexo”. También, podría ser un disco de Bill Evans, en el que cada nota parece inevitable, verdadera y se detiene ante lo imprevisto y lo asume como inevitable. O podría ser un disco de flamenco, grabado en 1971, que presenta a los nuevos cantantes de Jerez de la Frontera. Cualquiera de esos discos se me presenta pleno de imágenes, de sensaciones y de dobleces sobre los que apenas soy capaz de resistirme. Quisiera ir al sur de España a ver los toros, aun interrogado por el sentir de mi generación, para la que la condena hacia la crueldad para con los animales es constitutiva. Pero yo no sé si en esa fiesta taurina, en esa emoción de turistas - el mayor emblema taurino (el toro de Osborne) es una marca comercial- no permanece cierta ofrenda, como aquella que realizaban “los griegos”, que irritaba a Unamuno, a la vez que lo tentaba a considerarla como la forma ortodoxa de las artes. Por no hablar del candor lorquiano, Picasso, Dalí, amantes del ritmo y la pintura taurinas. Sin embargo, han pasado tantos años. Vamos a dejar de hablar de esto, por ahora.
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sinestesia,
Toros
Ni bien llegué a mi ubicación, vi la gran pileta en el escenario. No pude sino recordar la máquina escénica que había visto en el verano montada por Heiner Goebbels (Stifters Dinge). La obra de Goebbels me había parecido un gran comentario estético acerca de las tramoyas que, en general, están ocultas en el montaje de una obra teatral en una casa como el Teatro Colón. Ya sabía que, de alguna manera, la puesta en escena de Sasha Waltz formaba parte de cierto espíritu neo-clásico: una aproximación modernizada de las maneras clásicas con la gestualidad de lo contemporáneo. En principio, todo estaba bien: esta hemorsa "ópera" de Purcell no es una ópera de pleno rango -si hubiera tal cosa-, sino que todavía pertenecía al inestable mundo del melodrama, y que el inglés había escrito para la gloria del monarca inglés. De todas maneras, viendo el devenir del género melodramático, Dido y Eneas es la más operística de las realizaciones de Purcell y algunos señalan que pertenece de pleno a lo operístico. La puesta de Walzt venía a incorporar una forma moderna, "contemporánea" a la antigua obra: en ese sentido, se colocaba fuerte en la atención de esta representación.
Los vestidos de los primeros bailarines que comenzaban a caminar alrededor de la baranda colocada en la pileta (una gran pecera, estríctamente hablando), sus movimientos, todavía con las luces de la sala encendida, ya decían que esta obra no tendría una visión "arqueológica". En el foso (que apenas, lamentablemente alcanzo a ver su tercera parte desde mi pobrísima ubicación lateral), se preparaba una de las orquestas más venerables (como la llamó Federico Monjeau en su crítica, a la que le debo los mejores adjetivos de esta entrada) del mundo: la Akademie für Alte Musik Berlin.
Al primer acorde de la orquesta -la maravillosa orquesta-, un bailarín se zambulle a la pileta, seguido de una bailarina, y ambos bailan en la pecera una danza de acercamientos y distancias.
Al pathos de la escena, debido a los movimientos de los danzantes, la música ladina de Purcell, con su sabiduría barroca, sus procedimientos musicales inspirados en los humores del cuerpo, le brinda un ethos preciso y sofisticado. Es mortalmente abrumadora desde lo sentimental. Allí arriban los desposeídos a la costa de la espléndida (y enemiga desde la recepción romana) Cartago. Es imposible no emocionarse, no quedar sometido por la música: cosa que Purcell sabía y que por eso dedica al rey este canto al Estado,
Pero han pasado más de trecientos años, y las coyunturas políticas han quedado atrás. Son otros los sentidos que se desprenden del tejido textual y musical de esta obra (aunque G. Fernández Walker no dejó pasar cierta línea de sentido, asociada a la llegada a las costas de unos que huyen de la guerra). Mientras que Spregelburd destaca al "Lamento de Dido" como la única razón de la obra.
Puede ser, aunque creo que Rafael pareciera no entrar nunca definitivamente al mundo operístico, me causaron mucha gracia sus dos caracterizaciones del Teatro: "su estructura de obra vieja y macabra, su maldad de terciopelo". No puedo estar cien por ciento de acuerdo, pero es verdad que desde los laterales, la cosa se complica en el Colón. Lo cierto es que la ópera, aun de maneras transversales, continúa siendo (tal vez de manera crepuscular, definitivamente) un espacio de disputas más o menos político (el mismo Rafael ha escrito una "ópera hablada": SPAM), donde el lugar cantarín de la lengua la lleva a una expresión que desafía los límites mismos de sus territorios (pensando en las óperas nacionales, por ejemplo).
El sonido del bailarín zambulléndose en el agua fue amplificado por los mecanismos de terciopelo y crueldad acusticos del Teatro, y junto con el acorde de la orquesta generaron una resonancia "acuática" ante la cual era muy difícil sustraerse. Tan impactante fue escuchar ese golpe de agua al principio que, cuando en el final de la obra, dejaron tres velas encendidas en el piélago del escenario vacío (como lamento por la orgullosa reina Dido) todo se convirtió, de nuevo, en agua.
La interpretación musical, delicademente oculta entre los esplendores, a veces minimalistas (aunque me cuesta pensar a la danza como algo "minimalista") de los danzantes fue extraordinaria. El Colón es una sala decimonónica, un teatro "a la italiana" cuya voraciodad sonora es implacable -qué incómoda es mi ubicación, Dios; y no se escucha tan bien, si me reclino sobre el respaldo-: no tolera los sonidos desvalanceados, las emisiones dubitativas, el volumen que no sabe moverse entre sus cavidades. Una orquesta como la Akademie puede desafiar, desde el conocimiento absoluto de cómo se interpreta esta música, a esa sala enorme y, digamos, "seducirla" con el volumen, la intensidad y el ataque que puede compensar el empaste que esta música posee. Además de interpretar la algarabía palaciega de las ninfas con la bella oscuridad de la muerte de Dido. La voz de Dido (Aurore Ugolin) era tan oscura y profunda como su muerte de norte de África -un África tan idealizada como la de la novela El santo de Aira-, tal como uno, humildemente, pudiera desear. Eneas (Reuben Willcox) entregó una voz sólida, baritonal. Y Débora York cantó Belinda con toda la solidez que esperamos de ella. Todos los intérpretes musicales fueron extraordinarios, en suma. También, el coro Vocalconsort de Berlín, que sonó dinámico, perfectamente acompasado con la orquesta. Y la escena.
(Las tormentas infernales y marítimas, realizadas con trucos de la percusión me resultan, realmente, conmovedoras: veo -de hecho, es a quien mejor puedo ver, al percursionista (quien antes, preciso y bailarín había marcado los acentos de las danzas) golpear la placa trémula, soplar para agitar los vientos: esos alientos son muy operísticos, también.)
No es extraño que el lamento de Dido posea la belleza musical que posee, ni que sea una pieza tan célebre (que volvió del olvido en el siglo XIX): es consustancial a la ópera, a su caracter liminar, errante (atravezó el barroco temprano y el posrromanticismo, las naciones y las segundas vanguardias, siempre herida de muerte, como ninfa o mujer trágica. Hay un lamento de Euridice que vuelve siempre en la ópera, en su lamentarse de no poder ser tragedia griega, en su contenido sustancial a la expresión musical, como señaló alguna vez Deleuze.
La puesta de Sasha Walzt duplicaba a los cantantes en un juego de precisión teatral, una suerte de canon que se movía, a veces, sobre los motivos orquestales, a veces, sobre los hechos de la narración. Fue un poco injustificado un largo y bastante aburrido "interludio" de danza, pero en términos generales se trató de una lectura atrevida y comprensiva de una obra que se movía en el umbral de lo operístico y la coreografía.
Dido & Eneas
HENRY PURCELL
DIRECCIÓN Y COREOGRAFÍA: SASHA WALTZ
DIRECCIÓN MUSICAL: CHRISTOPHER MOULDS
AKADEMIE FÜR ALTE MUSIK BERLIN
http://www.teatrocolon.org.ar/sites/default/files/Programa%20Dido%20y%20Eneas.pdf
Entré al teatro el domingo a la tarde, a la última función, la función extraordinaria. Aunque defino a estas notas como un diario, no quiero extenderme en los motivos que me llevaron a buscar las entradas de los domingo a la tarde. Sólo diré que hay razones económicas en su sentido más etimológico, vinculadas a "la casa".
En fin. Domingo 20 de marzo por la tarde: el Teatro Colón. Busqué mi palco alto, el 9no. (los precios del querido Colón Contemporáneo me permitieron tal lujo), saludé amablemente a quienes ya estaban ubicados allí y me senté atrás de todo: faltaba muy poco para que comenzara Beatrix Cenci, la tercera ópera del compositor más universal (y local) de la Argentina.
Unos veinte años después de su última representación, volvía a ponerse en escena esta ópera oscura, tensa, compleja. Ópera en todo sentido: de un intenso aliento teatral (escucharla sin la escena es posible, claro, pero hay algo en su "parlar cantando" que hace querer ver). Cantantes y orquesta fueron extraordinarios. Las presencias vocales y escénicas fueron impecables. Leonardo Estévez como el conde y Daniela Tabernig en el papel de Beatrix -esa consonante al final del nombre, muy difícil de no leerla hoy, en el contexto de la escritura rioplatense, como un impacto, una marca violenta que clausura un nombre, una identidad (aun desde la perspectiva del género de aquellxs que escriben así para abrir la marca de género- estuvieron a la altura de esta función extraordinaria. Así también, el coro: ¡qué difícil el endemoniado final, tan polofónico, tan voluminoso!
Dese el palco alto central vi todo una vez más. A la orquesta Estable, enfrentada a una partitura muy compleja. Y vi la escenografía.
La puesta de Alejandro Tantanian causó -un módico, por supuesto- revuelo: un aire varieté, una travesti de altura colosal, el ambiente orgiástico de atmósfera de años '80 del siglo pasado y -¡oh, perversión de perversiones!- los genitales masculinos, bamboleandose de aquí hacia allá, generaron muchos "dislikes" en una obra cuyo motivo no puede ser más perverso. Tantanian realizó una puesta, digámoslo así, clásica en términos teatrales: no forzó especialmente la dramaturgia, sino que la utilizó más o menos inteligentemente con decisiones justificadas y sin caer en el mero yupismo o el derrotero epigonal del gran Peter Sellars. La escena más intensa en cuanto a desnudos y desenfrenos sexuales se refiere es la de la recepción en donde el conde se revela como una auténtico piscótico, excesivo perverso: la suma de seres desenfrenados en el ardos sexual parece un comentario, no tanto una marca realista como una genealogía, del exceso que acecha en todo poder. No creo que el poder se base en la violación familiar como leí por ahí: pero sí hay algo de abuso latente en cualquier poder, que en tiempos renacentistas podía estar claramente presente (los palacios no tenían pasillos, la refinación monetaria todavía tenía maneras más o menos violentas en la institución urbana). Esa violencia resuena -y la resonancia no es sino una persistencia- en cualquier encarnación en la que se jueguen relaciones de poder. En ese sentido, el marco jurídico de la puesta también estaba justificado: un ciudadano "respetable" puede sufrir "la presión impositiva" (que lo puede dejar en la ruina), mientras que otros "ciudadanos" pueden conocer al poder estatal sólo en su forma policíaca, represiva. El palacio de Tribunales -el Colón es un palacio ubicado enfrente- es el palacio en donde se juega la burocracia de este arco represivo: causas, expedientes, etc. El palacio es la residencia de un conde, sea un palacio renacentista, un palacio operístico, un palacio de tribunales: bien ahí, Tantanian.
De todas maneras, insisto: no se trató de una dramaturgia que se apartara demasiado (no se apartaba, de hecho) de los modos operísticos, pitos más, pitos menos. Y el entramado con el texto estuvo muy bien orientado.
En lo personal, considero un acierto definitivo el abrazo del lobo con el niño. Ambos, monstruo y niño, de pie en el proscenio, son el extremo de la humanidad. Cenci es un monstruo que desea domar los perros que atormentan sus sueños (un monstruo que sueña con monstruos). El niño es la música, en donde esta historia terrible se desarrolla. En la música, hay cierta redención, un más allá que excede a lo humano (para Messiaen, para Deleuze, la música está en la naturaleza): una reconciliación. De allí, uno puede aceptar ese (improbable) abrazo. No se trata de polaridades (esto o aquello), sino de polarizaciones e intensidades, de diagramaciones. En este sentido, el mismo texto de la ópera lo dice (y quisiera retomar aquí la idea de un renacimiento violento, no tan refinado como su museo): "los alaridos de nuestra época serán escuchados como madrigales en el futuro". El cuerpo ensangrentado del conde, con reflejos borravino y purpúreos como los tapizados de localidades y cortinados es otra lectura acorde al fortísismo simbolismo de la obra, cuyo anacronismo es delicioso: "te recuerdo de aquella tarde" le dice el enamorado a Beatrix con un inconfudible porteñismo.
Federico Monjeau, en una entrevista realizada a Tantanian, señaló esta dualidad de Ginastera (que, también, se la escuché mencionar a su hija): cómo relacionar la figura pública -el maestro compositor, el ferviente católico- con el autor de tres óperas cuyo eje está colocado en los aspectos más perversos y espectaculares de la criatura humana. Ninguna institución sale bien parada: Estado, Iglesia, Familia, todo está manchado de sangre, de sangre íntima. Para algunos, se trata de un comentarista moral a la manera de Hitchcock, aquel director que asesinaba rubias bellas (Ginastera se le parece bastante). Esta lectura pop podría acercarse a una solución: Ginastera confiaba en que la ópera era la escenificación de las pulsiones de muerte, no un juguete meramente agradable. Como un moderno exégeta de los relatos que Charles Perrault recuperó de los márgenes del palacio, sabía que los cuentos de hadas son crueles, intensos, simbólicos. Lo maravilloso vendría dado por lo musical. El padre devora niños, el poderoso asesino de mujeres más o menos inocentes (desde Euridice a Carmen: ninfa y gitana), es un ritornello que insiste en la obra de Ginastera. Un tema clásico. Ginastera sería un maestro, un padre musical, y uno de sus grandes temas es la castración, la salida de la transmisión familiar.
Lo hizo con cierto horror, pero lo hizo.
Para acompañar lo biográfico, esto es un diario a fin de cuentas, diré que Beatrix Cenci fue estrenada en Washington en 1971, el año de mi nacimiento.
Nota: Esta entrada del diario está hecha con los tuits que publiqué desde antes de que me enterara de que el Teatro Colón iba a poner en escena Parsifal. Desde el día que supe que iba a ser puesta hasta que finalmente asistí a la ópera (al festival sacro etc.), pasaron muchas cosas en mi vida. Sin ir más lejos: nació mi hija. También, durante ese tiempo, ocurrió un suceso muy infame que me impidió realizar una suplencia en la cátedra Siglo XX de la UBA, a la vez que me puso frente a mis limitaciones (enormes) en el ámbito académico.
Sucedieron muchas otras cosas, muchísimas.
Saliendo de lo estríctamente biográfico, el 11 de diciembre -el día que asistí a ver Parsifal- fue "el día después" del gobierno kirchnerista y el primer día del nuevo gobierno del ex alcalde de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.
La importancia de una obra como Parsifal me amedrentó: ¿qué podía decir un diletante como yo de semejante acontecimiento? Decidí entonces buscar en Twitter qué había escrito sobre Parsifal en ese par de años y me encontré con la alegría, la sorpresa y la incertidumbre. No recordaba muchas cosas. La noche que vi Parsifal fui intensamente feliz.